Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
VIERNES, 3 DE ENERO
Es inevitable que escriba sobre Francisco do Romualdo. Sordo y ciego, rapsoda y contador de historias. Sorprendentemente, también es guía en la Ribeira Sacra.
Lo conocí y lo vi actuar en la exposición de pintura de Pedro Castro Couto en Verín. El pintor también retrata la temática histórica y las costumbres medievales. Pronto expondrá en Ourense.
Pero quiero hablar de Francisco Almuíña que tomó el nombre Francisco do Romualdo. Allí estaba con su zanfona. Su vida está marcada por la desgracia: ejercía de enfermero en un hospital, un paciente le agredió, las cosas se complicaron y ahora no ve ni oye. Enseguida, aprendió a tocar la zanfona y, fascinado por aquellos ciegos medievales y de nuestra posguerra que iban de feria en feria, decidió practicar este arte medieval.
Cielo santo, todavía tengo recuerdos de las ferias del Verín de mi infancia. Quizás, aún pude ver al último ciego que, acompañado de su nieta, la zanfona en las manos, cantaba y recitaba las grandes desgracias de la época. Vagamente me viene a la mente aquel estribillo de un terrible suceso. “Toda vestida de blanco / la tiró por un barranco”.
Cierto, en la plaza montaban una gran tabla donde estaban los dibujos de los acontecimientos que iba a relatar. Una perfecta combinación de palabra, música y literatura. Los paisanos de entonces hacían coro silenciosos y emocionados. En realidad, era otra versión de los contadores de cuentos que vi allá en los setenta en la plaza de Yamaa el Fna de Marrakech. Éstos, más expresivos, imitaban con precisión el aullido de los animales y el sonido de la serpiente cascabel.
Eran los setenta, la televisión no había llegado a estos lugares para apropiarse de nuestras almas. Pero te cuento, era el 72 y habíamos salido de Ámsterdam en la furgoneta Commer de un inglés. Viajábamos siete personas de distintas nacionalidades. Nuestro destino era un poco errático, recorrer Marruecos, llegar al desierto y antes, detenernos en la mítica plaza de Yamaa el Fna todavía auténtica, aún no la había tomado el turismo que con frecuencia todo lo corroe. Cuando llegamos, el holandés, miembro digamos de nuestra comuna, quedó tan fascinado por la plaza y sobre todo por los contadores de cuentos, los vendedores de agua y sus vestimentas de colorines, que decidió ser uno de ellos por un tiempo.
Mira tú, lector amigo, que el holandés me invitó a su pequeña aventura. Aún hoy me pesa no haberlo hecho. Todo sucedió así. Negoció con un contador de cuentos para que le dejase su vestimenta y su gorro de colorines. Cincuenta dírhams le dio. Él había hecho teatro y allí se puso en la plaza y, sólo gesticulando, cautivó a musulmanes ávidos de historias. Pero fue más allá. Con otros cincuenta dírhams negoció con un vendedor de agua. Éstos lucían unos chalecos y vestidos también de colores brillantes. Así que allí estaba recorriendo la plaza con su bolsón de cuero en que se conservaba fría y limpia el agua.
Aún pude ver al último ciego que, acompañado de su nieta, la zanfona en las manos, cantaba las desgracias de la época
Pero que no se me vaya la olla. Estaba hablando de Francisco do Romualdo y de aquella estirpe de ciegos que tocaban la zanfona y narraban con maestría los crímenes de la época. Romualdo también es hombre de negocios y regenta una casa de turismo rural. Como guía de la Ribeira Sacra, dice él que se deja llevar, pero sus acompañantes se asombran de cómo va señalando con exactitud las claves de la Ribeira Sacra de la que él dice que pronto será Patrimonio de la Humanidad.
(En su actuación en Verín nos dejó a todos conmovidos al contar con picardía y duende los diez mandamientos bíblicos.
Entonces, recordé aquel día de los setenta en Marruecos. No hubiera sido un mal oficio ejercer de contador de historias en la plaza de Yamaa el Fna. Tal vez hubiera sido más feliz).
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