J.J. Feijóo
Los políticos y los procesos judiciales
Fueron dos prósperas provincias romanas separadas por el golfo de Sirte. En Cirene, la actual Bengasi, se desarrolló en tiempo de los griegos la escuela cirenaica, doctrina hedonista que definía la felicidad como la suma de los placeres humanos. Paradójico recuerdo de una ciudad que hace pocos días sufrió estoicamente el sitio de los mercenarios de Gadafi. Por su parte Trípoli, antes de la llegada de Roma, fue un emporio comercial fenicio, puerto terminal de las rutas de caravanas que cruzaban el Sahara. Orígenes distintos que marcan la historia en la franja litoral mediterránea de un país desértico, ahora inmerso en una terrible guerra civil.
Libia no es igual que Egipto, Túnez u otros países de su entorno. Dispone de la renta per cápita más alta y es el primer país en el índice de desarrollo humano de todo el continente africano. La esperanza de vida es de 77,65 años, homologable a muchos países europeos. Un estado rico, más parecido en su estructura social y demográfica a las monarquías y emiratos del Golfo Pérsico que a sus vecinos del Norte de África.
Pero, de nuevo, los medios de comunicación, la opinión pública, los tertulianos 'de cabecera' tienden a homogeneizar los análisis de la actualidad. Y a presentar la crisis libia como una más del reguero de pólvora que hoy recorre los países árabes. Dictadores malvados y corruptos, pueblos empobrecidos y oprimidos? La simplicidad es la norma para el fácil consumo occidental.
Es cierto que la espoleta de libertad, el efecto contagio de la rebelión tunecina es común en todos los casos. Pero la motivación de las gentes para salir a la calle y jugarse la vida es muy distinta. ¿Alguien se pregunta la razón por la que en Egipto los manifestantes iban armados con piedras y pancartas y en Libia, desde un primer momento, la insurrección contó con abundantes armas y dividió en dos el país?
En esta revolución, los componentes territorial y tribal se unen inseparablemente al justo rechazo al energúmeno Gadafi. Parece, por tanto, una guerra de liberación, pero también de construcción ?o de deconstrucción- de un Estado fallido o al menos nunca suficientemente integrado. Por eso creo que el riesgo de partición del país es evidente. Por mucho que la llamada comunidad internacional quiera evitarlo. Ha hecho bien la ONU en intervenir. Probablemente ha tardado demasiado en aprobar la zona de exclusión aérea. Se trataba de evitar una matanza de civiles en Bengasi. Es cierta, también, la denuncia de hipocresía a los países que abrazaron a Gadafi hasta ayer, que le acompañaron en su conversión a demócrata de toda la vida, que como el ministro francés Patrick Ollier, le iniciaron en la lectura de Montesquieu? Y que ahora lideran la intervención internacional contra él.
Es una guerra justa, muy diferente a la de Iraq. No hay, en Libia, mentiras de destrucción masiva ni geoestrategias coloniales. Pero sigue siendo evidente la inconsistencia moral de Occidente y el doble rasero en la política exterior de las grandes potencias. A las que los demás seguimos mansamente. ¿Por qué no se intervino en Ruanda, en Gaza, o ahora en Costa de Marfil, donde otro dictador más, de los muchos que hay en el mundo, se niega a abandonar el poder, provocando la catástrofe humanitaria de un millón de refugiados huyendo de los enfrentamientos armados?
En todo caso, la salida de Libia no va a ser fácil. El diálogo con Gadafi o su exilio voluntario tras un hipotético 'abandono' de su entorno, parece hoy improbable. El conflicto se antoja largo y la coalición internacional debe prepararse para ello. Incluida una fuerza de interposición ante una eventual división del país en dos partes. ¿Cirenaica y Tripolitania refundadas? La historia es un bucle, decía alguien.
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