El débil liberalismo español del siglo XIX

Publicado: 03 abr 2026 - 05:40
El débil liberalismo español del siglo XIX.
El débil liberalismo español del siglo XIX.

El liberalismo español del siglo XIX fue, paradójicamente, uno de los liberalismos más vivos y combativos de Europa y, al mismo tiempo, uno de los más débiles en su resultado. Mientras en gran parte del Viejo Continente las revoluciones liberales lograban consolidar sistemas constitucionales relativamente estables, en España el liberalismo se abrió paso entre pronunciamientos, guerras civiles y regresiones autoritarias. Hubo entusiasmo, hubo talento intelectual, hubo coraje político. Lo que apenas hubo fue continuidad en el poder y profundidad en las reformas. Desde las Cortes de Cádiz de 1812, cuyo texto constitucional se adelantó en muchos aspectos a su tiempo, hasta el Sexenio Democrático (1868-1874), el liberalismo español vivió en tensión permanente con fuerzas antiliberales muy poderosas: el absolutismo borbónico, el carlismo, el clericalismo militante y una cultura política refractaria a la soberanía ciudadana plena. Los liberales más puros defendían esa soberanía, la limitación del poder de la Corona y un programa laico similar al de otras partes de Europa. Pero cada pequeño avance encontraba su contragolpe. El Trienio Liberal (1820-1823) fue aplastado por la intervención autoritaria de los Cien Mil Hijos de San Luis. La Constitución de 1837 descafeinó el espíritu de la Pepa. La de 1845 reforzó de nuevo la Corona. La Restauración alfonsina, tras el acoso de las fuerzas conservadoras contra nuestra primera república (que en otras circunstancias nos habría conducido al mejor futuro posible, con federalismo, libertades personales y modernización), institucionalizó un sistema de turnos que vació de contenido buena parte de las aspiraciones democráticas. El antiliberal Cánovas del Castillo diseñó un régimen copiado del británico que resultó estable pero se basó de nuevo en una soberanía compartida entre las Cortes y el monarca. La estabilidad se logró al precio de menguar la libertad.

Y sin embargo, España no fue intelectualmente inferior. El republicanismo federal de Pi i Margall, el laicismo o la defensa del sufragio ampliado situaban a nuestros mejores liberales en un plano similar al de sus contemporáneos europeos. La Constitución de 1869 reconoció amplias libertades (de expresión, de asociación, de culto), pero no se la dejó desarrollarse. La republicana ni siquiera se llegó a promulgar. Pavía, el odioso Tejero del siglo XIX, acabó con los sueños liberales de una república. Seis décadas más tarde, en 1931, cuando se proclamó otra ya no era lo mismo: era mucho más socialista que liberal. El problema de nuestro siglo XIX no fue la ausencia de un pensamiento liberal sofisticado, sino su incapacidad de actuar políticamente frente a una estructura adversa heredada de la Historia y atornillada por los poderes fácticos que siempre sofocaban la libertad en España: uniformes y sotanas. Esa debilidad estructural tuvo consecuencias duraderas. El sufragio universal masculino no se implantó en España hasta 1890, y lo hizo en el marco de un sistema electoral profundamente manipulado por el caciquismo. El femenino hubo de esperar cuatro décadas más, por las resistencias tanto de la derecha conservadora como de la izquierda socialista. Otros países europeos avanzaron mucho más deprisa, pero en España el poderoso lobby clerical, aliado con fuerzas conservadoras y carlistas, logró frenar o revertir reformas esenciales. No olvidemos que de España partió la consigna infame de que “el liberalismo es pecado”, acuñada por el clérigo catalán Salvà i Sardany. La cuestión religiosa siempre fue en España una herida que impedía culminar la obra liberal. Nuestro liberalismo fue un liberalismo sitiado. E incluso cuando se emprendían reformas liberales, su ejecución era nefasta. Las desamortizaciones de Mendizábal (1836) y Madoz (1855) respondían a una lógica liberal: crear una clase media propietaria para dinamizar la economía. En otros países europeos, procesos similares funcionaron bien. En España, gran parte de las tierras acabara en manos de caciques locales. Se perdió la oportunidad de crear una clase media burguesa que habría sido fundamental.

Nuestro liberalismo logró unos cuantos avances reales en libertades civiles, en modernización administrativa y en apertura económica, pero fueron intermitentes y, a menudo, muy frágiles. Fue el nuestro un liberalismo políticamente empobrecido por su escasa capacidad de transformar de manera duradera las estructuras de poder. Esa fragilidad contribuyó a que, ya en el primer tercio del siglo XX, España afrontara sus crisis con unas instituciones débiles y con una cultura política escasamente acostumbrada a la limitación efectiva del poder. Y así llegamos al borde del comunismo durante la Segunda República y después a un golpe de Estado, una guerra civil y cuatro décadas de pseudofascismo sui generis. No haber abrazado de verdad el liberalismo en su momento, con todas sus consecuencias, nos condenó durante un siglo a una relación ambivalente con la libertad, siempre proclamada pero pocas veces consolidada. Y esa es una lección que todavía hoy deberíamos comprender bien los españoles.

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