Una civilización se desintegra

Publicado: 19 ago 2025 - 03:05
Opinión en La Región
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Pedro Sánchez ha roto su hermético alejamiento en Lanzarote. Regresa con el semblante y el ánimo algo recompuestos, pero se ha encontrado de sopetón con la angustia y el agotamiento de quienes llevan una semana trabajando contra los incendios en Ourense, Zamora o León. Un choque después de dos semanas de terapéutica desconexión. El país se quema, las gentes viven un apocalipsis que se lleva por delante casas, enseres, animales y un entorno natural que guardan en los pliegues más recónditos del alma y la memoria.

Pedro Sánchez, perdónenme, ha estado remolón y lejano. Anunciando la posible movilización de 500 militares contra el fuego en toda España, quizá 200 para Galicia, en atención a lo pedido con angustia por el presidente de la Xunta y con grosero ventajismo por parte de Feijóo: ¿militares multiusos? En ausencia de medidas concretas, Sánchez ha tirado por elevación anunciando un “pacto de Estado para la mitigación y adaptación a la emergencia climática”. Un buen ejemplo de doctrina woke, de alejamiento de los problemas concretos, en un momento que precisaba pragmatismo ejecutivo. Por ejemplo, la llegada de una fuerza experta abrumadora, humana y material, nacional o europea, para combatir los fuegos.

El presidente parece un hombre superado por los acontecimientos y abrumado por los demonios interiores

Si la rueda de prensa en el centro de coordinación contra los incendios no era el lugar para anunciar pactos de Estado de dudosa viabilidad parlamentaria, todo sea dicho, menos aún era la ocasión para presentar una paupérrima carta de movilización de recursos. El presidente ha estado lento en su reacción ante la ola de incendios, como lo estuvo, todo sea dicho, en el envío de ayuda a Valencia tras la dana. Si allí mareó la perdiz con que era la Generalitat quien tenía que tomar la iniciativa y pedir los recursos, aquí, en Ourense y en León, a Sánchez le ha faltado contundencia y claridad de ideas para hacerse cargo de la situación. Es comprensible el choque de llegar a un país en estado de caos desde la lejana utopía sicotrópica ideada por César Manrique, allá en el Lanzarote de La Mareta, pero los ministros Marlaska, Aegesen o Robles, que llevan algunos días ocupándose de la infernal crisis, bien podían haber puesto en exacto sobre aviso al jefe del gobierno. Los incendios se apagarán cuando bajen las temperaturas, ha sentenciado la titular de Defensa.

Algo profundo se ha roto en la conexión de Pedro Sánchez con la sociedad española. El presidente parece un hombre superado por los acontecimientos y abrumado por los demonios interiores. Mientras tanto, el noroeste peninsular, envejecido y despoblado, arde a expensas del valor desesperado de los vecinos y las limitaciones de los medios convencionales de extinción. Una civilización asociada a una ocupación y usos del territorio se desintegra bajo las llamas.

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