El club ninfas

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 16 may 2026 - 06:10
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

Para cuando Javier se dio cuenta ya estaba en medio de ningún sitio.

Bueno, ninguno tampoco, todos los lugares son algún sitio.

Anxo lo convenció para ir a Soziedad Alkoholika en Carballiño, aunque Javier no tenía ni idea de qué era aquello, a los 17 años todo lo que supone en sociedad y alcohólico funciona como un reclamo de atractivo poco mejorable.

Cogieron el tren de las cinco, que Anxo había diseñado un plan magistral y sin fisuras para no tener que dar explicaciones: avisar a los respectivos progenitores de que cada uno dormiría en casa del otro.

Estrategias atemporales de herencia generacional.

Carballiño resultó agradable, sobre todo un local que se llamaba Sete Flores, un bodegón de cosas intelectuales que no entendían pero admiraban con expresión de vaca pastando. Muchos cuadros, esculturas y chismes conceptuales.

Al concierto llegaron una hora antes que todos los demás. Antes que la decepción de Javier que venía muy despacio a trompicones por la acera al enterarse de que aquello, en realidad, solo era rock. No había sociedad, pero sí alcohol.

Volvieron a la estación a la una de la madrugada, donde, para sorpresa de nadie, no había ningún tren. Cómo iba a saber yo que la Renfe no trabaja por las noches. Se excusó Anxo, que decidió, ante inconveniente tal, volver caminando que, total, Ourense está ahí al lado.

La amistad, que ya estaba a punto de quebrarse en conversaciones monosilábicas, se recuperó al ver una luz luminosa a lo lejos. Club Ninfas. Aceleraron el paso como lo hacen las señoras que salen a andar rápido.

Javier, que nunca destacó por su pericia en geografía asintió y comenzó la marcha militar de arcén por carretera nacional.

Pasada una hora un cartel de pronto azul anunciaba “Ourense 20km”.

Silencio y la forma a contraluz de las señales.

La amistad, que ya estaba a punto de quebrarse en conversaciones monosilábicas, se recuperó al ver una luz luminosa a lo lejos. Club Ninfas. Aceleraron el paso como lo hacen las señoras que salen a andar rápido. El portero del club, cumpliendo con sus obligaciones, les negó la entrada por su condición de minoría de edad. Suplicaron varias veces argumentando de manera sólida que solo querían llamar a un taxi y volver a casa. A lo que el hombre de la puerta accedió siempre y cuando solo entrase uno y no tardase más de diez minutos.

Entró Anxo. Penitencia por desacierto. Regresó pálido. Aterido.

El coche llegó a los pocos minutos exigiendo un pago por adelantado, que ya se sabía el taxista lo de recoger a gente tiesa a las puertas de los clubes. Casi no hubo negociación. En determinadas situaciones es mejor ceder.

Tú nunca lo hiciste.

Durante el trayecto no se dijeron nada. Un último acto de rendición.

Pensé que íbamos a Ceboliño que está a una hora, siempre me confundo. Sentenció Anxo sin dejar de mirar por la ventanilla del taxi.

Todo es muy lejos si no se quiere ir, contestó Javier poniéndole la mano en el hombro en un gesto sanador.

Anxo y Javier todavía son amigos, pero nunca se supo que pasó aquellos diez minutos en el club Ninfas.

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