Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Historias Increíbles
Detrás de la ventana una chica, aquella que es tan guapa, mira el agua interminable que convierte sus cristales en visillos que ocultan su rostro fantasma. Mira cómo lloran las ventanas.
Siempre ha querido saber lo que dicen los gatos en su lengua de crucigramas, de miaus, de quejas o lloros apoyados en el quicio de la entrada. O lo que dicen los perros con su lenguaje de rabos, de toses, de guaus en las noches de las lunas redondas y blancas.
No es fácil. Pocos saben lo que quiere decir el agua. Esta agua de mayo que hace puntos y rayas sobre su tejado de chapa. Está convencida de que habla del amor de las niñas enamoradas y de las inquietudes de las chicharras, de las cigüeñas que nos miran tan altas y toman notas, con sus larguísimos picos, en su agenda de aire, mientras los ratones sueñan con quesos de leche azucarada.
Hace días que no llueve y detrás de la ventana no se ve la niña de los lindos ojos que sonríe por las mañanas, cuando llega el sol y sin permiso ni nada, se pone a acariciarle la cara. A calentarle los mofletes, a abrillantarle el cabello que puede ser de oro y de plata.
De pronto el agua de las nubes cambia su ritmo y deja de enviar mensajes en Morse y se pone a echar el agua a cántaros, y baja completamente borracha y va dando tumbos, bajando y corriendo siempre despistada, mojando y mojando toda la calle, regando de sortilegios, de encantamiento, este barrio de las casas baratas.
Pobre niña, dice la gente. Pobre que por enfermita ha de quedarse sola en casa, con esa soledad que produce mayo en las tardes del bochorno, cuando las tormentas estallan. Y meten miedo porque rompen las nubes en pedazos de luces que se mueven en zigzag y asustan a los pájaros carpinteros, a los mirlos negros, a los gorriones que se esconden bajo las ramas.
Mira desde su ventana y de pronto se abren miles de paraguas. Tal vez no sean tantos, pero los hay azules, verdes, amarillos y a rayas. Ah, y rojos y grandes y pequeños y de encarte que se estiran y simulan desde allí, frente a su mirada, un montón de champiñones que pululan por la plaza, por la acera que se rompe, de repente, en el prado de las amapolas encarnadas. Ese supermercado de los insectos en el que compran piruletas coloradas.
Hace días que no llueve, que no se escucha cantar el agua. Hace días que la niña no mira tras los visillos cómo van con sus carteras los carteros, cómo pasan los soldados a luchar a una guerra de confetis y almendras garrapiñadas, cómo pasan los ciclistas con sus gorras de colores. Cómo cabalgan los caballos de latón del bastón de las abuelas.
Hace días que no llueve y detrás de la ventana no se ve la niña de los lindos ojos que sonríe por las mañanas, cuando llega el sol y sin permiso ni nada, se pone a acariciarle la cara. A calentarle los mofletes, a abrillantarle el cabello que puede ser de oro y de plata.
Esta tarde tampoco llueve. Ni hablan con su lenguaje secreto los gatos, los perros y el agua. Diríase que se escucha lloriquear … una ambulancia. Cae insípida y silenciosa, una borrasca de lágrimas.
Hoy está más que triste la plaza. Se ha quedado sin la niña que sabía leer el Morse del agua. Que comprendía lo que decían los perros y los gatos en sus lenguas extrañas. Que nos miraba pasar indiferentes frente a su vida deshabitada. Vivió comprendiendo todo, mientras nosotros, la gente, no entendíamos nada.
Voy a revelarte su nombre: llámala sólo añoranza.
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