Manuel Baltar
La guardia pedroriana
ADani Rovira le está cayendo la del pulpo por su presentación de la Gala de los Goya seguramente sin un gran fundamento. El error del cómico andaluz ha sido probablemente prestarse a ejercer de presentador dos años seguidos, pero no estoy muy seguro de que él tuviera una participación decisiva en la redacción de un guión en mi opinión patoso y desprovisto de ingenio que el malagueño hubo de decir con lo mejor de sí mismo puesto en ese empeño para salvar tan desventurado texto. Rovira ha afirmado en la red que está muy dolido por los palos que le han llovido de todas partes, y añade que probablemente no habrá una tercera. Estoy convencido de que no la habrá y mejor para él. Si una segunda le ha salido cara sospecho que tres veces seguidas le enterrarían y no se trata de eso.
En todo caso, y aceptando que el guión de la fiesta del cine en este caso ha sido malo, plagado de chistes sin gracia, pródigo en meteduras de pata y abundante en desaciertos, cada día estoy más convencido de que el principal error de esta cita lleva mucho tiempo produciéndose y encarrila los Goya por caminos que ni les vienen bien ni ellos tienen competencia. Su permanente posicionamiento político derivado de una supuesta incomprensión conservadora hacia lo que los cinematográficos han supuesto que son sus innegociables derechos trufa el espectáculo de una veta reivindicativa que es ya desesperante y cansina. Los ministros de Cultura de aquellas opciones políticas que la mayoría del colectivo no defiende tienen que aguantar gala tras gala la falta de consideración de sus anfitriones. Este año le ha tocado soportar la majadería de los guionistas al ministro Méndez de Vigo y lo ha hecho estoicamente. Va en el cargo pero la parada ante el titular de turno es ya un esperpento.
No es cierto que la Cultura sea solo el cine ni es cierto que todo el cine sea sinónimo de Cultura. El cine es divertimento y es un negocio como otro cualquiera y quien desee hacerlo deberá arriesgar, buscar capital, atraer inversores y asumir el riesgo, como ocurre en todos los países de nuestra órbita. La gente del cine lleva mucho tiempo mirándose el ombligo y ejerciendo de plañidera. Menos mal que todavía hay gente como Daniel Guzmán que fue el más majo, el más admirable y el único auténtico. El, su abuela y Miguel Herrán. Los demás suenan todos a repetición y sobre todo, a muy poco sinceros.
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