Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Pidió judías, tomates, zanahorias y dos ajos puerros del tirón. “Suma dos yogures y dos cabezas de ajos, que para cabeza la mía”, añadió cuando el dependiente se disponía a sacar la cuenta. “Para mis años no me puedo quejar, tengo 97”, se disculpó girándose hacia las cuatro personas que aguardaban turno con paciencia de ultramarinos. Pasaría por 78 años. “A los 90, cuando todavía andaba toda chula sin bastón, fui al especialista para que me mirase el oído y el médico llamó a la enfermera al ver mi edad en el ordenador. No se lo creía”, bromeó mientras rebuscaba para pagar al céntimo y evitar calderilla.
“Y no creo que Manuela haya vuelto por allí”, murmuró el último de la fila. “Desde que me jubilé –de maestra casi seguro, aunque no lo dijo ni nadie le preguntó– siempre estuve activa, hice teatro, fui a clases de inglés y de pintura. Es muy importante para la cabeza”, recomendó al despedirse ante la admiración provocada. Manuela cargó con la compra en un brazo, aceptó una mano para bajar un escalón tramposo y se fue calle arriba con el apoyo de un bastón.
Llevaba tiempo sin ver luz en su ventana ni tropezar con el triciclo eléctrico que pilotaba a todo voltio
La sacudida del claxon de un coche estacionado en una plaza de minusválido disipó las cavilaciones sobre otro ejemplo de larga vida. “Si es con dolor y sufrimiento, ahórrame 15 años”, había comentado poco antes una mujer de cañas con las colegas en una terraza de la Marina coruñesa para celebrar el “feliz cumpleaños” que anunciaba la diadema que sujetaba el pelo. En ese momento pasaron los 91 años de José Manuel Romay Beccaría, birrete del PP, de regreso de su paseo del mediodía al que a veces se suma Núñez Feijóo.
Por la ventanilla del coche apareció la sonrisa de Jorge. Trasplantado de hígado, con una pierna de titanio y otras abolladuras en el chasis, ha aparcado unas cuantas veces en el folio por aceptar cada trago de la vida con buena cara. No se le ocurrió hacer un George Best “por respeto al donante”. Llevaba tiempo sin ver luz en su ventana ni tropezar con el triciclo eléctrico que pilotaba a todo voltio. “No me he muerto, eh. Ya no vivo ahí, a mi mujer le han detectado un tumor, yo no la puedo mover y nos hemos ido con el hijo. Está con la quimio y ya se verá”. Recién jubilada. Dio la noticia sin pedir compasión. “Hay que tirar con lo que venga”. Arrancó tocando el claxon.
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