El confesionario

Oración por el alma de los pecados políticos. Una vela a Dios y otra a la democracia para la salvación de España.

Pedro Sánchez, en un acto con motivo del Día Internacional de la Mujer.
Pedro Sánchez, en un acto con motivo del Día Internacional de la Mujer.

Cuentan las crónicas que cuando Sánchez se inclinó ante el rey en el Mobile como si estuviera en penitente confesión le estaba hablando del grave lío de la guerra de Ucrania y el papelón de la Unión Europea. Al parecer, Sánchez se sinceró con Felipe VI comentándole la reunión con Zelensky en Londres, el plan de paz europeo impulsado por el Reino Unido y Francia y la movida del líder ucraniano con Trump en la Casa Blanca a la que el mundo asistió atónito como si se tratase de un show televisivo con formato de reality. El Mobile World Congress 2025 se convirtió este año, por tanto, en el confesionario de Pedro el pecador, que no suele tener tanta transparencia ni arrepentimiento ante la Corona, a la que sus socios hostigan con su silencioso beneplácito desde 2018 bajo clara ambición republicana hasta forzar el destierro del emérito.

Así que Pedro el penitente practicó ante España, sin saberlo, el sacramento de la penitencia o la confesión, seguramente en busca de la absolución monárquica mientras el jefe del Estado y el presidente del Gobierno se tapaban la boca con las manos como si fueran Vinicius o Mbappé en el euroderby de la champions para evitar que la confesión fuera leída en los labios dado su sensible contenido. No conviene en modo alguno deducir complicidad real con el penitente, por cuanto la obligación neutral de nuestra monarquía parlamentaria es “arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones”, según la Constitución. Y hasta que los españoles no tengan la oportunidad de pronunciarse en las urnas, Sánchez es a día de hoy presidente del Gobierno de España gracias, eso sí, a una larga lista de pecados que no hace falta que confiese ante el Rey, pero si en el purgatorio de la conciencia y, quien sabe, si en el purgatorio de los tribunales. Para empezar, el último pecado de Pedro Sánchez es la entrega al independentismo catalán del control de las fronteras y la nada progresista expulsión en caliente de inmigrantes, incluidos los menores sin papeles. Esto se viene a sumar a un catálogo pecaminoso de cesiones al chantaje separatista que van de la amnistía a la falsa quita de la deuda catalana que asumimos todos los españoles vía fiscal para que Sánchez siga en la Moncloa un rato más a costa de desmantelar el Estado.

Sin embargo, el mayor pecado que no se limpia ni con 1000 padrenuestros ni 100.000 avemarías está por venir. Porque, ¿cómo explica un alma pacifista como la del sanchismo Frankenstein el aumento del gasto militar exigido por Trump y la propia Unión Europea para que la invasión del Rasputín ruso en Ucrania termine siendo una rendición del invadido a los sátrapas del negocio multimillonario de las tierras raras y el saqueó del pueblo ucraniano?

El penitente Sánchez tapa ahora su boca mientras se confiesa ante el Rey si bien todo el mundo sabe cuáles son los horrores de sus pecados políticos

Pedro el pecador tiene la mala costumbre de ir tapando manchas con otras manchas, repartiendo sus propias culpas a los demás y aumentando su mochila de perversa vileza e imperfección a costa del dinero de los españoles y del impedimento de una sana alternancia democrática. El confesionario del Mobile quedará en la retina de la realidad como una escenificación de la debilidad de Sánchez y de la humillación a la que somete a los españoles para esconder su propia afrenta. En los mentideros diplomáticos llaman a Sánchez de todo cuando se enjuicia su resistencia enfermiza a aumentar hasta ahora el gasto militar, pues la paz se garantiza con la disuasión de la seguridad y con ejércitos, y EEUU no puede ser siempre el que ponga los muertos y el dinero desde la segunda guerra mundial con esa especie de indeciso paraguas disuasorio militar que pretende ser la OTAN. Para Trump y muchos dirigentes europeos, Pedro el pecador no sólo es un “moroso” en materia de Defensa, sino que se ha convertido en “el gorrón del sur” incluso a los ojos del vecino Portugal. Capaz de entregar a Marruecos la soberanía del Sáhara, de poner en peligro la españolidad de Ceuta y Melilla, de derivar a Canarias el corredor migratorio y de decir a cada uno lo que quiere oír sin importarle en absoluto la verdad, el penitente Sánchez tapa ahora su boca mientras se confiesa ante el Rey si bien todo el mundo sabe cuáles son los horrores de sus pecados políticos.

En la Biblia del sanchismo no se contemplan, sin embargo, ni la confesión, ni el pecado, ni la penitencia. En su inexistente código ético el fin de su permanencia justifica los medios y transgrede la moralidad democrática. El pecado político consiste en el incumplimiento oculto de la Ley, que en términos jurídicos se conoce como inconstitucionalidad y corrupción, digamos que presunta. Por esa razón hay también pecados capitales intolerables como la larga lista de casos investigados por la justicia que afectan a su familia más directa, a su Gobierno y compañeros de partido como Ábalos y a quien se debe encargar del complimiento del Código Penal como el fiscal general del Estado. Por mucho que Sánchez busque la absolución del Rey en el confesionario del Mobile, no está en manos de la Corona limpiar la conciencia del pecador ni absolverle de semejantes faltas ante la sociedad española. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, no hay confesionario de perdón que pueda aliviar la conciencia del sanchismo.

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