Confesiones de lavabo

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Publicado: 09 ago 2025 - 06:50
Opinión en La Región | La Región
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Recuerdo su cara como si no hubiesen pasado los años. Olvidé su apellido. Aunque a veces parece revolotear en la punta, con todas las palabras que a menudo tengo que rebuscar.

No recuerdo el año. No importa tampoco. La música popular estaba muy de moda y el alcalde era el alcalde. De eso sí me acuerdo bien. El colegio al que iba era público, lo que quiere decir que el baremo de contratación no era exigente. Al menos conmigo. No me pidieron credenciales y mis padres, no exagero, tenían menos dinero del que había en la hucha de Dragon Ball de mi cuarto. Meterle el dinero por un agujero del culo a Krilin. Eso, eso nunca lo olvidaré.

A él lo vi de lejos, mientras los pequeños esperábamos a que los mayores decidieran aburrirse y nos dejaran la cancha de fútbol sala. Aunque más que cancha era una planchada. El agujerito del desagüe como centro del campo.

Casi nadie llevaba zapatillas de marca y todos los chándales eran sospechosos de haber sido heredados: una rodillera por aquí, una codera por allá.

A él lo vi de lejos, mientras los pequeños esperábamos a que los mayores decidieran aburrirse y nos dejaran la cancha de fútbol sala. Aunque más que cancha era una planchada. El agujerito del desagüe como centro del campo. Porque mi colegio tenía nombre de Cardenal, pero instalaciones de cárcel abandonada.

Lo vi a lo lejos. Con la media melena de higiene incierta. Regateando a diestro y siniestro. Que eran otros dos chavales: uno que solo usaba la pierna derecha, otro que escuchaba heavy metal. Y así avanzando entre los demás jugadores, marcaba gol casi entrando en la propia portería.

Le llamaban El Bullas, aunque su verdadero nombre era Diego. Su apellido estoy a punto de recordarlo. No hablaba mucho y se dejaba querer por todas las niñas sin comprometerse con ninguna. Por algún niño también. Mascaba chicle todo el tiempo y era el único del colegio que tenía una bomber. Todos querían ser como El Bullas. Todos menos yo. Un día coincidimos en el baño. Solo había dos urinarios y siempre un silencio catastrófico. Y yo, experto en hablar cuando no debo. – Por qué te llaman El Bullas-. No levanté la mirada de mi propio pito. – Una vez me pegaron unos mayores que yo, alguien contó que fue al revés y ahora me llaman así-. Y todo resultó una mentira.

Al día siguiente me tocó jugar un partido contra El Bullas. Yo ya iba relajado. Las confesiones de lavabo quieras o no unen bastante. Y se me ocurrió hacerle un caño. Todo Cardenal Cisneros enmudeció.

Me tiró al suelo de un empujón, no demasiado violento, pero para nada amistoso. Permanecí quieto. La mejor manera de terminar una pelea es dejar que acabe. Y me susurró – No me lo tengas en cuenta pero tengo que conservar mi reputación- y una bofetada que resonó más que dolió.

Él siguió siendo El Bullas, y yo, bueno, yo solo fui durante un instante el que le hizo un caño al Bullas.

De su apellido, por cierto, sigo sin acordarme.

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