Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
El récord Guinness que espera en Lugo
Hoy, ya sabemos que no es fácil encontrar un confidente espiritual, porque escasean de verdad. Tengo entendido que algunos tienen encomendadas cincuenta parroquias o más. Siendo ésta la situación y aprovechando que estaba en la ciudad, supuso que sería fácil encontrarlos en la Catedral.
Eso le vino a la memoria coincidiendo con un toque de campanas que retumbó por encima de tantas edificaciones dedicadas a la impiedad, al barullo, a la impudicia, al desdoro y la desvergüenza… También es verdad que esta urbe no es de las más descocadas y aún se puede encontrar, si hilamos fino, lugares donde la honestidad, la mesura y la moralidad, aún le dan un tono de virtud, a este municipio.
Aquel hombre, sumamente religioso, quiso limpiar su alma de verdad y buscó, con esmero, un clérigo que le escuchase en confesión. Hemos de decir que era tan piadoso que suponemos no habría pecado más allá de los habituales pecados veniales, esos que casi no hace falta confesarlos ni nada.
Pero, a saber, a veces uno aparenta una cosa y es otra, y si se empeñaba en buscar un confesor él sabría por qué y también lo llegaría a saber el religioso tonsurado que guardaría secreto de lo que escuchase, tal y como dictan los epígrafes del Derecho Canónico.
Tal y como había barruntado se topó, de inmediato, con un clérigo alto de cuerpo y con su traje talar. A él se dirigió, y con suma alegría y con especial respeto, le solicitó confesión. Mirolo, desde arriba, el abate, y con voz suave y fina le informó:
-Con sumo gusto le confesaría a usted, pero me es imposible… porque yo soy Canónigo.
No quedó muy conforme el hombre ya que suponía que la reconciliación con Dios debería ser la actuación primordial de los pastores del rebaño
Se entristeció el hombre, pero no tanto, porque allí mismo descubrió otro preste. Era espigado y con espiritual talante. La verdad es que a aquellos que son flacos siempre les imaginamos filósofos o santos. Pensó, pues, que éste sí le haría caso. Le miró aquel, arqueando las cejas, pero también se excusó porque, esa no era su función, sino que lo era del Canónigo penitenciario.
No quedó muy conforme el hombre ya que suponía que la reconciliación con Dios debería ser la actuación primordial de los pastores del rebaño. Pero todo podría arreglarse. Aquel otro, que por allí venía, era hombre de aspecto importante. Tal vez fuese el Vicario o una autoridad grande.
Pidió, de nuevo, lo que usted ya sabe, a aquel que encontró y supuso Presbítero, Prelado… Capellán. Y cada cual se disculpó con excusas, como insolvente:
-Con sumo gusto le confesaría a usted, pero me es imposible… porque soy Castrense… Diácono… Terciario… Trapense…
Todos huyen del menesteroso penitente. Se arrepintió, de inmediato, de ese pensamiento irreverente.
En aquella esquina, casi oculta, vio el hombrecillo una pequeña luz en lo que parecía un abandonado mueble. Ya no es fácil encontrarlos. Y allí se fue a manifestar sus pecados. Aunque, antes y a modo de queja, expuso que “parecía increíble, que lo que es esencial para un cristiano, como es la confesión de los pecados, se haya abandonado tanto”.
Detrás de la celosía, escuchó la voz algo rústica de quien supuso un coadjutor bien formado e inteligente. Le dio toda la razón, pero esto con simpleza concluyó el oficiante:
-… Vamos… digo yo… que de esto no entiendo… porque, aunque estoy en el confesionario… sólo soy el carpintero y lo estaba arreglando, aquí por dentro.
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