Fernando Lusson
VÍA DE SERVICIO
La paciencia se acaba
Una buena amiga, además de una excelente letrada, me hizo una petición que, en realidad, terminó convirtiéndose en una invitación a mirarme a mí mismo. Me pidió que escribiera sobre la inmigración y sobre esos sentimientos contradictorios que, a veces, despierta en nosotros. Lo curioso es que, sin saberlo, ambos compartíamos una misma incomodidad: la dificultad de conciliar la solidaridad hacia quien se ve obligado a abandonar su país con la preocupación que provoca una inmigración masiva e irregular cuando el Estado parece incapaz de gestionarla. Quizá por eso acepté escribir estas líneas. Porque hay pensamientos que precisamente merecen ser expresados cuando nos incomodan.
Por un lado, siento solidaridad hacia quien se ve obligado a abandonar su país porque no encuentra allí una vida digna. Me cuesta mirar hacia otro lado ante una persona que deja atrás a su familia, sus amigos, su lengua y sus costumbres porque la pobreza, la inseguridad o la falta de oportunidades le empujan a buscar un futuro lejos de casa. Si yo estuviera en esa situación, probablemente haría lo mismo.
Pero, por otro lado, reconozco que siento rechazo ante la llegada masiva de personas a nuestro país cuando esa llegada se produce de manera irregular y sin que el Estado parezca capaz de controlar lo que está sucediendo. Y no me parece que reconocerlo me convierta en una mala persona.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado una discusión en la que parece que solo existen dos posiciones: o eres partidario de acoger a todo el mundo o eres un insolidario, un xenófobo o un racista. No estoy dispuesto a aceptar esa simplificación.
Una cosa es la persona que llega y otra la política de inmigración. Puedo sentir compasión por alguien que cruza el mar buscando una oportunidad y, al mismo tiempo, pensar que las fronteras de un país tienen que existir y que el Estado tiene la obligación de decidir quién entra, quién puede quedarse y en qué condiciones. Puedo defender que se rescate a una persona que está a punto de morir en el mar y, al mismo tiempo, exigir que se persiga con toda firmeza a quienes hacen negocio con su desesperación. Puedo pensar que un inmigrante merece una vida digna y, simultáneamente, exigirle que respete las leyes del país que lo recibe.
No veo ninguna contradicción en ello. La contradicción aparece cuando pretendemos que la solidaridad no tenga límites. Ningún país tiene una capacidad ilimitada para acoger. Tenemos recursos limitados, viviendas limitadas, servicios sanitarios y educativos limitados y una capacidad también limitada para integrar a quienes llegan. Y cuando esa capacidad se supera, no creo que sea justo pedir a quienes ya viven aquí que guarden silencio y acepten las consecuencias como si no tuvieran derecho a expresar su preocupación.
También ellos tienen derechos. Creo que España debe ser un país solidario
También ellos tienen derechos. Creo que España debe ser un país solidario. Pero precisamente porque quiero que siga siéndolo, creo que necesita una política migratoria seria, ordenada y realista. Una política que distinga entre quien huye de una situación verdaderamente desesperada y quien pretende entrar simplemente al margen de las normas. Y sobre todo una política que no deje en manos de las mafias el destino de miles de personas.
También necesitamos hablar de integración. Quien llega tiene derecho a conservar sus costumbres y su identidad, pero tiene igualmente el deber de respetar las leyes, las normas de convivencia y los principios fundamentales de la sociedad que lo acoge. Integrar no significa que unos tengan que renunciar a lo que son ni que los otros tengan que renunciar a lo que somos.
Quizá lo que más me preocupa es que estemos perdiendo la capacidad de hablar de todo esto con normalidad. No quiero convertirme en alguien indiferente ante el sufrimiento de quien se ve obligado a emigrar. Pero tampoco quiero que la compasión me obligue a aceptar cualquier política migratoria. Quiero poder tender la mano y, al mismo tiempo, poner límites. Quiero poder comprender al inmigrante sin estar obligado a aceptar la inmigración irregular. Quiero poder defender la dignidad de quien llega sin olvidar la dignidad y los derechos de quienes ya estamos aquí.
Y, sobre todo, quiero poder decirlo sin que nadie me coloque inmediatamente una etiqueta. Porque quizá la verdadera solución esté precisamente en reconocer esta incomodidad. En admitir que podemos sentir compasión y preocupación al mismo tiempo. Que podemos ser solidarios sin ser ingenuos. Que podemos defender nuestras fronteras sin odiar a quienes las cruzan.
No creo que el problema de la inmigración se resuelva escogiendo entre humanidad y firmeza. Creo que necesitamos las dos. Porque una sociedad que pierde la humanidad acaba siendo cruel. Pero una sociedad que renuncia a poner límites corre el riesgo de perder también el control de su propio futuro.
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