Julián Pardinas Sanz
Contradictoria inmigración
HISTORIAS INCREÍBLES
El hombre con parsimonia tomó el papel del librito y se puso a liar pausadamente un cigarrillo. La pequeña furgoneta azul estaba correctamente aparcada fuera de aquel mal-afamado puente en el que humeó hasta treinta bocanadas.
Se subió el jersey de cuello vuelto porque la tarde ya venía rodando desde hacía rato. Aquel aire inoportuno atravesaba la vaguada mientras las sombras se iban acurrucando bajo las cañas que imperfectas se habían criado a ambos lados del minúsculo regato que tal vez en otro tiempo había sido un río. Como buen observador descubrió más a lo lejos carrizos, eneas y sauces. Nadie estaba ya por aquellas huertas en las que los olmos blanquecinos hacían temblar sus hojas. Desde allí le parecieron lanceoladas y enanas. Ahora le temblaban las manos.
Las miró y las consideró vacías. Habían sido importantes sus manos y con ellas había acariciado a sus tres hijos y a la mujer de su vida. Pero ahora después de la peste ya no estaban. Se habían ido casi de repente como se disuelve la escarcha a los primeros rayos de la mañana. Vacías le parecieron. Vacías y vanas.
En un flash recordó cómo habían puesto en pie aquella fábrica
En un flash recordó cómo habían puesto en pie aquella fábrica. Las ventas van muy bien le había comentado su secretaria. A él le había parecido estupendo y volvió a casa como siempre en el viejo chevrolet. Le contó a ella, lo bien que iba todo. Escuchó cómo el chico metió un gol por la escuadra. La pequeña se le pegó como una lapa, le besuqueó por encima del bigote y le reclamó unos mimos y unas chanzas.
Y ahora, de repente, todo se evaporaba y buscando en sus bolsillos sólo había encontrado el tabaco de liar, pero… ni una pizca de paz en el fondo de su alma.
Escupió una hebra dorada y lo consumió hasta el final. Sabía que fumar era peligroso, pero ese día pensó que ya daba lo mismo. Apretó la colilla sobre la piedra rugosa del pilón que tocaba la pilastra. Luego la cogió, aún caliente, y la lanzó con el dedo índice al vacío. Describió la imperfecta colilla un arco y luego fue bajando y rebotando en el contrafuerte y la ménsula.
Sacó entonces la funda gris de sus gafas. La abrió soltando el clip. Con su pañuelo de tela blanca las limpió… ¿para qué si no volvería a usarlas? Las dejó sobre el pretil. Sin ellas su visión era ahora harto borrosa como una película con toma falsa.
Decidido, y no sin dificultad, se subió a la parte del tajamar. Al resbalar estuvo a punto de precipitarse. Le temblaban las piernas. La angustia se le había quedado doblada en la garganta… Se lanzaría al vacío. Lo hizo. Ya estaba en el aire. En ese momento un chillido enorme, gigante, le atravesó los oídos desde la espalda. En fracción de segundos… quedó suspendido en el aire y luego paulatinamente cayó… ¡Crash! …sobre su cama.
Menos mal, dijo dando gracias al cielo. Era el carraspear de su despertador digital. Su compañera calmó su taquicardia:
-¡Sólo ha sido un mal sueño!
Mientras, sus chicos, sonriendo, le ofrecieron un vaso grande de agua. Lo paladeó y al agua la llamó “esperanza”.
Y todo fue normal e incluso bromearon sobre el mañana como si el mañana estuviese ya prefijado para siempre en el corcho de la cocina con una chincheta de cabeza plana.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Julián Pardinas Sanz
Contradictoria inmigración
Plácido Blanco Bembibre
HISTORIAS INCREÍBLES
Pesadilla en el puente viejo
Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Page
Mariluz Villar
MUJERES
Cataratas de sangre
Lo último
INTERNACIONALIZACIÓN
El alumnado extranjero de la UVigo se triplicó en 10 años
A EDICIÓN MÁIS AMBICIOSA
A mocidade revive a tradición galega no Ponte Farruca