Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Cuando a Josefa le dijeron que quizás debería ver lo de las cataratas, ella solo respondió que con las del Ézaro le era suficiente.
Josefa era así, con la ironía siempre en la punta de la lengua.
Podía presumir de haber gastado una vida entera entre antojos y caprichos de mujer florero que iba tachando de su lista imaginaria. Conocer a Carmen Sevilla, viajar en avión. Desayunar ostras. Porque Josefa era mujer florero, pero por elección. Por convicción.
Nadie supo nunca en qué trabajaba su marido, Paco. La gente solía referirse a él como empresario, gente del dinero o, en palabras de su amigo chileno Anselmo, un bacán. Aunque es probable que tan solo fuese un director de banco.
Así, la pareja había llegado a un acuerdo donde su contrato matrimonial tenía muy bien definidos los roles y las (pocas) obligaciones; él se encargaba de los cuartos, ella de planear la vida al gusto de ambos, sin especulaciones ni miramientos. Durante las vacaciones de verano, porque, aunque Josefa nunca trabajase, al mes de agosto en Portonovo le llamaba vacaciones, todo eran comidas de negocios y cenas de carácter social. Los niños, los cuatro, esperaban con Maribel, la criada, en el chalet adosado que, por cierto, estaba justo al lado del que tenía Ruiz Mateos, que todavía no le había pegado a nadie.
Sus hijos, bueno, solo tres que uno se quedó cual parásito chupando del bote, se casaron y formaron familia
Josefa había probado todos los cócteles existentes, varias drogas y quien sabe si alguna pareja se había enredado con otra en un acto espontáneo de exaltación de gente pudiente. Todas las noches terminaban en una casa distinta. Todas las noches se ponía un vestido distinto. Todas las noches podrían ser la misma noche. Cambiando el color. El sabor.
Al recordar, siempre se esconde detrás de “Lo que pasó pasó” y ya nadie sabe si es que Josefa era una persona discreta o de afición desmesurada por el Bloody Mary.
Un buen día Paco se fue al otro barrio. La barriga dura y tersa fue avisando, pero la vida alegre no sabe de treguas. Josefa no le lloró mucho, porque ser viuda no entraba dentro de las cosas que tenía en su lista. Tampoco hacerse mayor, lo inevitable del tiempo.
Sus hijos, bueno, solo tres que uno se quedó cual parásito chupando del bote, se casaron y formaron familia, algo sencillo teniendo en cuenta la cantidad a la que ascendía la herencia. Pero Paco siempre decía que el dinero es para gastarlo, que cuando uno se marcha se queda ahí y te arrepientes toda la muerte de no aprovecharlo.
Un día Josefa se dio cuenta de que no veía bien. La vida borrosa y desenfocada. Cosas de la edad. Hizo caso a su cuñada y se operó de las dichosas cataratas.
Al volver a casa se miró en el espejo, suspiró y solo dijo en alto “No me compensó operarme de la vista, yo antes no tenía estas arrugas”.
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