La cosecha familiar

Publicado: 02 mar 2026 - 07:05
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Cuando se habla del Desastre del 98, viene aparejada la circunstancia de fragmentación y derrota humillante para España por parte de Estados Unidos. Sin embargo, la hondura de lo que antecedió a esta renuncia a Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam tiene causas y rostros tan disímiles que, en medio de las explicaciones y relatos épicos, parece olvidarse que en el Caribe o en el Pacífico, en el caso español, fueron hijos más que hombres los enviados a combatir por un conflicto que para muchos de ellos no tenía sentido.

Hace unos días ocurrió un hecho de carácter inédito por la confluencia de cubanos y ourensanos ante el pasado común. En el espacio cultural Andén I, se celebró un encuentro sobre historia a propósito del inicio, hace 131 años, de la guerra independentista cubana. “24 de febrero de 1895. De José Martí al quinto español” fue el nombre de este conversatorio que, lejos de remover los leños de las diferencias con el atizador de las interpretaciones, buscó un equilibrio entre la realidad histórica y la magnitud social de un conflicto civil que dejó no solo separaciones político-administrativas, sino también traumas para quienes, uniformados de quintos, retornaron a la península como jóvenes veteranos solo para encontrarse con un rechazo absoluto de un gobierno que intentó hacer realidad la frase asociada a Antonio Cánovas del Castillo: “Por Cuba, hasta el último hombre y la última peseta”.

Para Ourense, con más de mil nombres quedados en la isla que parecen haber sido abandonados en el vasto almacén del tiempo, era preciso rescatarlos; conocer y entender el sufrimiento de esos jovencísimos quintos

La figura de José Martí -uno de los autores más prolíficos de Hispanoamérica y principal gestor de este conflicto que bautizara como “guerra necesaria”-, el porqué de reiniciar la lucha por separarse de España, su perfil político y pensamiento -que, por paradójico que suene, dotó de humanidad a la violencia por venir con la redacción y firma del casus belli llamado Manifiesto de Montecristi-, supusieron entender sin ambigüedades ni pasiones por qué lo iniciado en 1895 no era una guerra “contra el español...”, como explica en uno de los párrafos del manifiesto, sino una necesidad perentoria para el pueblo cubano, regido por entonces a un océano de distancia.

Para Ourense, con más de mil nombres quedados en la isla que parecen haber sido abandonados en el vasto almacén del tiempo, era preciso rescatarlos; conocer y entender el sufrimiento de esos jovencísimos quintos cuya realidad entre enfermedades mortales, calor sofocante, marchas forzadas y combates desiguales casi fue sepultada por el peso de aquello que empezara a llamarse “desastre”, como si ellos tuvieran algún grado de responsabilidad o culpa ante deseos y tozudeces ajenas a sus inexpertas existencias, en muchos casos rurales y pobres.

Tal vez por el rechazo al significado de su repatriación en la conocida “Flota silenciosa”, y luego por la historiografía del régimen cubano empeñado en arrogarse causas que legitimaran su proceso autocrático, supuso para quienes no volvieron -o tuvieron la extraña fortuna de regresar- ser víctimas de una amnesia histórica donde quedaron, hasta hace no mucho, sepultados sin los honores oficiales merecidos desde ambas orillas.

Este encuentro supuso hacer memoria sin convenientes sesgos, para detener el barbecho del pasado común y disfrutar de la cosecha familiar, idiomática y social que nos identifica a cubanos y gallegos.

Contenido patrocinado

stats