Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
En los años setenta hubo una serie de televisión famosa y de gran éxito en España que se titulaba “Los invasores”. Era una serie de ciencia ficción en la que unos supuestos alienígenas invadían la tierra camuflándose entre los humanos para destruirnos y apropiarse del planeta. La única forma de distinguir a aquellos invasores, ya que aparentemente eran idénticos a nosotros en todo, era que ellos no podían doblar el dedo meñique. O sea que aquellos tipos que tampoco tenían papeles como tantos inmigrantes hoy ya vengan de Marte, de Colombia o de Somalia, eran “irregulares” en algo.
Vale. Me doy cuenta de que estoy desbarrando y no sé a dónde voy a llegar. Perdonen. Cambio de tema.
Hoy por la mañana fui a hacer la compra, o quizás a por el pan como hacía todos los días el irrepetible y añorado Francisco Umbral. Al salir de casa, en el portal había tres tipos con malas pintas. Jovencitos. Me parecieron raros. Uno llevaba una enorme gorra de visera con un estampado de cuadros escoceses, calada hasta las cejas. Otro, muy cachas, estaba sentado en el suelo con aspecto cansino y un cigarrillo humeante entre los labios. Ese me miró con los ojos entrecerrados. Fue una mirada amenazante, torva. El tercero, un chico delgaducho, negro, con rastas en el pelo, de pie delante de los otros se movía y gesticulaba como un italiano bromeando con sus amigos. No me gustó.
Acabé la compra y con el carrito lleno de verduras y legumbres supuestamente españolas y carne de ternera gallega, merluza del pincho, etc., descubrí que la chica de la caja que me cobró se llamaba Jocelyn y era boliviana.
Como tenía que hacer cosas esa mañana tampoco les presté mucha atención y seguí mi camino. Llegué al cruce que está a diez metros de mi casa y me detuve allí esperando a que el semáforo se pusiera en verde. Entretanto una chica musulmana con dos niños y empujando un carrito de bebé en el que supongo iría un tercer niño pasó por la acera detrás de mí. La vigilé atentamente con el rabillo del ojo. Cuando el semáforo se puso verde, en el paso de peatones me crucé con una mujer colombiana o ecuatoriana, bajita y sonriente, que iría a limpiar el piso de alguien o a atender a algún anciano. Me sonrió. Yo no le devolví la sonrisa. No la conocía de nada.
Después entré en el supermercado. El jefe de la charcutería no era español aunque yo no sabría decir de dónde era, de algún país del este creo. La dependienta de la sección de congelados era argentina, ahí no había duda. Intentó colocarme con su labia perfectamente reconocible unos calamares congelados del Atlántico Norte como si los hubiera pescado Carlos Gardel en persona. No caí en esa trampa. Acabé la compra y con el carrito lleno de verduras y legumbres supuestamente españolas y carne de ternera gallega, merluza del pincho, etc., descubrí que la chica de la caja que me cobró se llamaba Jocelyn y era boliviana.
Cuando por fin llegué a casa y me senté en el sofá pensé lo siguiente: ¿Y si el irregular soy yo?No lo sé. Pregúntenselo ustedes.
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