Lalo Pavón
O AFIADOR
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Las grandes rupturas geopolíticas siempre acaban pasando factura en la economía. A veces lo hacen de forma inmediata, a través de aranceles, sanciones o represalias comerciales; otras, de manera más lenta pero más profunda, erosionando la confianza, encareciendo la inversión y alterando cadenas de valor que tardaron décadas en construirse. El distanciamiento entre EEUU y la UE que se ha escenificado en Davos no es solo un episodio diplomático incómodo: es una señal de alerta sobre un cambio estructural en la economía política del bloque occidental.
Davos ha encendido todas las luces de alarma ante un horizonte económico cargado de amenazas. Los líderes políticos y económicos reunidos en la ciudad suiza constataron con creciente inquietud cómo las tensiones geopolíticas se han convertido en el principal factor de inestabilidad de los mercados.
Nunca un presidente estadounidense había cruzado el Atlántico tras amenazar con apropiarse de parte del territorio soberano europeo contra la voluntad de su población. La deriva de Donald Trump respecto a Groenlandia, su desprecio explícito por el derecho internacional y su hostilidad abierta hacia aliados tradicionales no son simples excentricidades retóricas. Tienen consecuencias económicas directas porque afectan al activo más valioso de cualquier sistema económico avanzado: la previsibilidad.
Davos deja un mensaje inequívoco: el mundo entra en una fase de incertidumbre económica severa, debido a la crisis geopolítica
La fortaleza de EEUU como primera potencia mundial no se explica solo por su tamaño o por la innovación de sus empresas, sino por haber liderado durante décadas la red de alianzas más sólida de la historia. Esa red reducía costes de transacción, estabilizaba expectativas y ofrecía un marco relativamente seguro para el comercio, la inversión y la cooperación tecnológica. Dinamitarla desde dentro equivale a encarecer el funcionamiento del propio sistema.
El Foro Económico Mundial de Davos ha servido este año como escaparate de ese deterioro. El nuevo proyecto internacional presentado por Trump apareció flanqueado por una veintena de líderes, pero sin la presencia de las grandes democracias avanzadas ni de las principales economías aliadas. En su lugar, compartieron escenario dirigentes como Javier Milei, Viktor Orbán o representantes de países con peso económico limitado o regímenes de perfil autoritario. El mensaje implícito fue claro: EE UU está dispuesto a sustituir alianzas estables por afinidades ideológicas coyunturales.
Desde una perspectiva económica, ese giro tiene implicaciones profundas. Las alianzas no solo son pactos militares o diplomáticos: son marcos de confianza que sostienen inversiones a largo plazo, flujos comerciales complejos y estándares comunes. Cuando esas alianzas se degradan, el capital se vuelve más cauteloso, las empresas diversifican riesgos y los mercados descuentan escenarios de mayor volatilidad.
La reacción europea, aunque todavía fragmentaria, apunta en esa dirección. Canadá y Francia verbalizaron en Davos un rechazo frontal a la política de la fuerza bruta. Emmanuel Macron contrapuso ciencia frente a conspiracionismo; Mark Carney llamó a tejer redes de resistencia entre países que no comparten el unilateralismo. Las amenazas sobre Groenlandia y los anuncios de nuevos aranceles provocaron reacciones inmediatas en los mercados y en sectores del propio Partido Republicano, hasta el punto de forzar una retirada táctica de Trump.
@J_L_Gomez
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