Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Nicolás
UN CAFÉ SOLO
El Coyote tenía hambre. En el desierto su única opción de comida era el Correcaminos. Los intentos por atraparlo eran el eje de las historias que protagonizaban estos personajes de dibujos animados, que engancharon a toda una generación.
Nada le salía bien al Coyote. Todos sus intentos fracasaban y el Correcaminos salía airoso y seguía a toda velocidad su absurda ruta.
El supuesto villano de la historia resultaba un perdedor enternecedor y acababas por desear que lograra su objetivo. Tal vez porque en el fondo sentías que estabas más cerca de ese animal que pensaba, creaba artilugios e ideaba estrategias para alcanzar su meta, aunque fracasara, que del pájaro que solo sabía correr, sin capacidad para frenar y disfrutar del momento. Adivinabas que sus victorias no tenían sabor a triunfo, porque ni siquiera era capaz de reconocerlas.
Con el tiempo nos hemos ido transformando y ahora somos más una sociedad llena de correcaminos, sin tiempo para nada y con prisa para llegar cuanto antes adonde sea.
Así que puestos a elegir, me quedo con El Coyote. No lograba su objetivo, cierto, pero no cejaba en el empeño. Tenía clara la meta que esperaba alcanzar. Mientras que el Correcaminos solo aspiraba a no pararse y mantener la velocidad.
Hemos olvidado que muchas veces lo importante es el recorrido y el disfrute de transitarlo con calma. Buscamos que toda suceda de manera inmediata, aunque eso implique sacrificar la reflexión.
No queda paciencia para esperar y mucho menos para alimentar misterios, ilusiones o sueños. Queremos que todo suceda ya y en esa carrera desenfrenada perdemos la magia.
Compramos la lotería de Navidad en agosto. Comemos roscones de reyes, de todos los sabores imaginables, tres meses antes. Iniciamos las cenas de Navidad en noviembre, alumbramos las calles y las ciudades buscando ser los primeros, compramos los regalos en los Black Friday, que ya son una semana. Todo tiene que ser ya. Deprisa, deprisa. Y cuando llega el momento sentimos el hartazgo de una digestión pesada, mientras pensamos cómo adelantar la siguiente parada. Sin darnos cuenta que acelerar tanto la vida no la hace más larga ni más confortable. Al contrario, nos mete de lleno en un estado permanente de estrés y ansiedades porque tememos no llegar a tiempo, aunque no sepamos muy bien a qué.
Devoramos una serie en una tarde. Exigimos plazos de entrega imposibles. Reclamamos respuestas inmediatas a mensajes abreviados. Aplazamos todo aquello que nos obligue a detenernos un instante, por si acaso nos quedamos atrás.
Y en esa carrera vertiginosa vamos dejando en el olvido el placer de paladear los instantes únicos y les negamos el tiempo necesario para que se transformen en recuerdos especiales.
Así que puestos a elegir, me quedo con El Coyote. No lograba su objetivo, cierto, pero no cejaba en el empeño. Tenía clara la meta que esperaba alcanzar. Mientras que el Correcaminos solo aspiraba a no pararse y mantener la velocidad. Y vivir la vida es intentar conquistar los deseos.
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