Xose A. Perozo
PENSAR POR PENSAR
O traballo de imaxinar
RECORTES
No hay desde luego duda sobre el carácter delincuencial del conseguidor Víctor Aldama en este proceso de inframundo que se ha dado en llamar con cierto acento amarillo, “caso de las mascarillas”. Su decisión, hija de la necesidad de salvar el pescuezo que lo ha convertido en testigo principal y protagonista irrebatible del procedimiento, tiene tanta munición que su testimonio guarda solvencia suficiente para desnudar al presidente Sánchez, a su mujer, a sus colaboradores más cercanos y a más de la mitad de su núcleo de colaboradores más estrecho. Aldama es además la constatación de una pesadilla que conecta este marco esperpéntico con la escritora Mary Shelley que firmó el relato sobre la criatura construida en laboratorio con material desechable de patíbulo y sala de disección al que se conoce como Frankenstein, aunque ese sea el nombre del creador y no de la criatura. Pero el argumento más profundo de este cuento es el que interesa. Aldama es la criatura que se ha rebelado contra sus creadores. Y los ha metido en un verdadero lío.
Tiene tanta munición que su testimonio guarda solvencia suficiente para desnudar al presidente Sánchez, a su mujer, a sus colaboradores más cercanos
Frankenstein toma su nombre de un viejo castillo del siglo XIII situado en Alemania, y es muy posible que Aldama lo ignore si bien quien le ha sucedido en testimonio, el ya conocido señor Koldo fornido chico para todo de la trama, guarda un cierto parecido con el sujeto reconstruido. Koldo ha negado la mayor parte de las acusaciones, ha reconocido algunos deslices más que nada relacionados con su aportación a las francachelas de las necesarias chicas de compañía, y se ha dejado crecer una larga barba y se ha vestido de menesteroso para comparecer con la secreta intención de despertar ternura. No lo ha conseguido porque delante tenía un fiscal famoso por su frialdad sin contemplaciones que intentará secarle las muelas.
Y por lo demás todo va de lo mismo, con un Gobierno en su estado más vergonzoso, cuya única defensa en un ámbito cada día más delicado, es acusar al declarante de mentiroso mostrando su indignación y adoptando el papel de ofendido. No queda más defensa que esa y ya lo dice el catálogo del marido pillado en un renuncio. Negarlo todo…
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