Leonardo Lemos
LA OPINIÓN
Alegría, esperanza y sintonía
En las elecciones generales del 14-M de 2004, en una mesa electoral de Salamanca se produjo un pequeño incidente a la hora del recuento de votos; se trataba de resolver si una papeleta debía anularse o bien adjudicársela al PSOE. Ante la discusión que se preveía larga, el apoderado del PP, con el móvil en la mano, en un momento determinado estalló: “Joder, no discutáis más y dársela al PSOE ya que nosotros, según me comunican, acabamos de perder las elecciones”. La estupefacción se hizo general entre los componentes de la mesa, entre los que me encontraba, tanto que nos costaba dar crédito a la noticia.
Intentando buscar una explicación lógica a tal acontecimiento, retrocedí en el tiempo próximo al aciago día del 11 de marzo, en que se produjeron los atentados de Madrid que ocasionaron 192 víctimas mortales y cerca de dos mil heridos.
En ese momento, al conocer la terrible noticia tenía la absoluta certeza del apoyo unánime de toda la sociedad al Gobierno, fueran cuales fueran los autores de las masacres de Madrid, y así lo confirma el respaldo explícito e incondicional del líder de la oposición y candidato, José Luis Rodríguez Zapatero al presidente Áznar.
Ahora bien, Áznar y su Gobierno hicieron mal los cálculos, posiblemente por su falta de confianza en la sociedad española, e iniciaron una catastrófica y suicida gestión de los acontecimientos, empecinándose en adjudicar la autoría del sangriento atentado a la banda terrorista ETA en contra de las opiniones, indicios y evidencias que fueron presentándose inmediatamente después de cometido aquél y que apuntaban a la autoría del terrorismo islamista. Parece que daban por descontado que en caso de ser ETA la responsable de la masacre, tendrían las elecciones ganadas y que si, por el contrario, la autoría recaía en grupos yihadistas, los favorecidos por las urnas serían los socialistas.
Ante esta conjetura, interesada y no demostrada, el Gobierno, contra viento y marea, dio lugar a toda una serie de actuaciones a cual más desafortunada: descalificación lanzada desde el Ministerio del Interior, tachando de miserables a los que mantuvieran otra versión de la autoría del atentado que no fuera la que el Gobierno mantenía; presiones a los medios de información para la publicación de la autoría etarra del atentado; comunicación a las sedes diplomáticas para que ratificaran y confirmaran la misma, aun cuando ya en el mismo día del atentado, a partir de las tres de la tarde, ya existían pruebas y evidencias policiales que las desmentían.
Sin embargo, la más descabellada de las decisiones tomadas en ese momento, con estas absurdas e inverosímiles premisas, mantenidas tozudamente por el Gobierno fue la de convocar desde el mismo una manifestación de repulsa por el atentado. Todo se hizo tan apresuradamente que no tuvieron presente aquel aforismo de praxis política, tan cercano a sus propias ideas: “Las manifestaciones las carga el diablo”. El propio presidente Áznar, que asistió personalmente, tuvo que percatarse de que acababa de perder unas elecciones para su partido, que posiblemente hubiera ganado, al tener que escuchar la clamorosa pregunta repetida una y otra vez por más de un millón de ciudadanos que se sentían engañados: “¿Quién ha sido?”.
Áznar ya nos tenía aleccionados con sus declaraciones tajantes y contundentes del año 2003 sobre le existencia de armas de destrucción masiva en Iraq. Su actitud obstinada rayana en la chulería le llevó a afirmar taxativamente, sin ningún lugar para la duda razonable, ni tener en cuenta las conclusiones de las Comisiones de la ONU, la posesión de esas armas por el régimen de Saddam Hussein:
“Pueden ustedes estar seguros, Iraq posee armas de destrucción masiva. Puede estar usted seguro y todas personas que nos ven. Estoy diciendo la verdad. Créanme.”
Con esta frase contundente quiere hacer un requerimiento a nuestra fe absoluta e inquebrantable hacia lo que expresa con sus palabras. Si tan seguro está de lo que dice sobran seguro, verdad y, sobre todo, el estruendoso créanme.
No hace mucho, en su última entrevista, llevada a cabo por Jordi Évole, afirmaba categóricamente que no convincentemente:
“Yo no he recibido jamás un sobresueldo. Nunca. y cuando le digo nunca es nunca. Y lo digo con todas las letras, lo puede usted subrayar. Si lo hubiera conocido que había corrupción en mi partido no lo hubiera consentido y lo hubiera corregido. No he conocido semejantes cosas”.
Cuesta creer que sea la misma persona que achacaba a Felipe González su desconocimiento de la corrupción en el PSOE.
Aquí, para alguien que fuera y se sintiera creíble, sobraría, además del desdén y del engreimiento de la formulación del requerimiento “lo puede usted subrayar” y las palabras “nunca” -repetido- y “jamás”.
Lo más asombroso, lo que nos deja sorprendidos es la finalización de la entrevista citada con esa humorada chulesca:
-”Nos puede acusar de cualquier cosa salvo de no decir la verdad”.
Y termino con el personaje, créanme.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Leonardo Lemos
LA OPINIÓN
Alegría, esperanza y sintonía
Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Tristes
José Luis Sousa
La decadencia de una nación es un esfuerzo colectivo
Manuel Herminio Iglesias
DENDE SEIXO-ALBO
Unha lección de humanidade
Lo último
PRIMERA FEB
El COB calienta sus gargantas
CONFLICTO EN EL PP
La corporación de Barbadás ya tiene cuatro no adscritos