Plácido Blanco Bembibre
HISTORIAS INCREÍBLES
Siempre es el Día del Padre
Hay una pregunta que los diseñadores, escritores y músicos se hacen desde que apareció la inteligencia artificial generativa, normalmente con cara de preocupación: ¿me va a quitar el trabajo? Es una pregunta legítima. Pero hay otra más interesante, y que los datos de 2026 ya permiten responder: ¿me va a hacer mejor en lo que hago?
La respuesta, según un estudio publicado en el Journal of Consumer Research, es sí. Los artistas visuales que incorporaron IA generativa a su proceso de trabajo aumentaron su productividad creativa un 25%. Y ojo: no hicieron lo mismo más rápido. Generaron más ideas, de mayor variedad, con conexiones más inesperadas entre ellas. Dos más dos dio como resultado cinco.
¿Por qué ocurre eso? Los investigadores identificaron dos mecanismos. El primero es la persistencia: un modelo de IA puede explorar variaciones sobre una idea durante horas sin cansarse ni perder el hilo. Las ideas más originales aparecían con frecuencia en la iteración número 400. Ningún ser humano trabajando solo llega a la iteración 400. El segundo mecanismo es la capacidad de conectar conceptos de campos completamente distintos, asociaciones que el cerebro humano raramente establece porque no ha estado expuesto a tantos dominios con la misma intensidad.
El antídoto es usarla al revés: pedirle perspectivas que contradigan las tuyas, que cuestionen tus premisas, que exploren lo que tú no habrías considerado por tu cuenta.
Existe también un riesgo que el mismo estudio señala: si todo el mundo usa la herramienta de la misma manera superficial, los resultados tienden a parecerse. La IA que promete originalidad puede producir exactamente lo contrario si solo se le pide que confirme lo que ya sabes. El antídoto es usarla al revés: pedirle perspectivas que contradigan las tuyas, que cuestionen tus premisas, que exploren lo que tú no habrías considerado por tu cuenta.
Cuando AlphaGo venció a los mejores jugadores de go del mundo, el juego no murió. Ocurrió lo contrario: los profesionales empezaron a estudiar cómo jugaba la máquina y descubrieron movimientos que siglos de tradición habían descartado como incorrectos. Sin los prejuicios heredados de generaciones, la IA había explorado territorios que la sabiduría convencional abandonó sin revisarlos. Los grandes maestros no se fueron a casa derrotados. Aprendieron que el tablero era más grande de lo que pensaban.
En los talleres de encaje de Camariñas, en la Costa da Morte gallega, el patrón marca los límites del diseño, pero dentro de esos límites cada artesana decide el ritmo, la tensión del hilo, los pequeños ajustes que hacen que dos piezas con el mismo patrón sean completamente distintas. La IA amplía el territorio disponible para crear. Lo que se hace dentro de ese territorio sigue siendo tuyo.
Lo que los datos todavía no responden, y que vale la pena pensar, es qué ocurre a largo plazo con quienes delegan sistemáticamente la exploración creativa en un sistema externo. Si el hábito de buscar conexiones propias deja de ejercitarse porque la herramienta lo hace por ti, ¿qué queda? La pregunta no invalida los resultados del estudio. Los complica, que es exactamente lo que debería hacer.
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