EL CRISTO DE OURENSE

Publicado: 25 abr 2010 - 02:00 Actualizado: 11 feb 2014 - 00:00

Desde que Vasco Pérez Mariño (obispo de Ourense de 1333 a 1343) trajo desde la costa coruñesa la imagen realmente inigualable del Santo Cristo, forma parte de las más rancias esencias del pueblo ourensano. Compone el tríptico de la ciudad con el Puente y las Burgas; pero, por encima de todo, está en la mente y en el corazón del pueblo. Difícil es pasar por las rejas de Celma que custodian su recinto sin que haya alguien allí postrado e implorando su protección. Cuando Castro Canseco engalanó una de las capillas barrocas más hermosas de España estaba contribuyendo al deseo de los fieles que, con orgullo, ven en ella el centro de la ciudad y de su fervor cristiano. Más tarde, las tablas y sillas del coro de Juan de Angés fueron un elemento más aportado a esa belleza de la joya más preciada de Ourense. Sin duda alguna los turistas que visitan esta tierra marchan asombrados del calor de las Burgas, de la reciedumbre de un Puente que es signo de paso pero también de la acogida de los ourensanos. Pero también les asombra contemplar una capilla que para muchos es el tesoro desconocido en el camino a Compostela.

Tiene razón la canción cuando cantamos que “O Santo Cristo de Ourense ten o tellado de pedra, pero ben o pudera ter de ouro si o Santo Cristo quisera”. Y razón tiene por cuanto a lo largo de los siglos la piedad de esta diócesis ha girado en torno a esa figura mítica a la vez que real, hermosa imagen que con su dolor inspira dolor, con su expresión emana piedad, con su figura reclama fervor. La Capilla del Cristo de Ourense es el sitio más apropiado para ese fervor, para el dolor con Cristo dolorido y el quebranto con Cristo quebrantado. Es el lugar para un remanso de paz, el recogimiento y la piedad sincera en un mundo que fuera va a velocidad trepidante. En 1927, el prestigioso catedrático Gómez Moreno, después de observarlo de cerca durante más de una hora, “descendió dando muestras de la mayor impresión y congoja, indicando no haber visto ni creer que haya en el mundo una imagen como esta”, según narra Álvaro de las Casas.

Cuando tal día como hoy, los 25 de marzo, comienza su novena, surge la llamada espontánea a los fieles ourensanos. Una llamada, en tiempo de Pascua, a acudir en visita obligada al Resucitado que pende en la cruz. Nueve días en los que el pueblo creyente acude a ese talismán de fe que, con los brazos en cruz, espera la visita pero para dar, desde su patíbulo, el abrazo de paz y amor que indica quien murió en el Gólgota y sigue a la espera de seguir perdonando, comprendiendo y amando hasta el extremo.

Porque todo eso sugiere nuestro Cristo en medio de su angustia de muerte. La paz que emanan sus ojos, la mirada tierna de comprensión y, sobre todo, el ejemplo de la mayor fidelidad, coherencia y amistad. Ejemplo a seguir para crucificar en ese patíbulo con Él los innumerables fallos y pecados que todos, en el devenir de los días, vamos teniendo.

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