MI PLAN PERFECTO
Redacción escolar
SENDA 0011
Hay una tienda en Ourense que abre desde antes de que yo naciera. No diré cuál, porque el dueño se pondría colorado y porque me interesa más lo que representa que su nombre. Paso por delante casi cada semana y siempre está la persiana arriba a la misma hora, con esa puntualidad que ya no le llama la atención a nadie. Este verano me paré a echar la cuenta y me salieron más de cuarenta años. Cuarenta agostos, cuarenta septiembres, cuarenta cuestas de enero. Nunca le han hecho una portada.
Y sin embargo ahí hay un caso de estudio que no aparece en ninguna escuela de negocios. Por delante de esa puerta han pasado cuatro o cinco crisis serias, la llegada de las grandes superficies, el comercio electrónico, una pandemia y unos cuantos cambios de costumbres que se llevaron por medio a competidores bastante más grandes. Él sigue ahí. Nosotros medimos las empresas por lo deprisa que crecen y casi nunca por lo bien que aguantan.
Durante años yo también pensé que durar era el premio de consolación del que no había sabido crecer. Lo pensaba sin decirlo, que es como se piensan estas cosas. Llevo veintidós años construyendo una compañía y he tardado bastante en entender que permanecer no es lo que te pasa cuando fallas en lo otro. Es una estrategia, y de las más difíciles, porque no da titulares y hay que sostenerla los días en que nadie te mira.
Si uno se acerca a preguntar, además, la receta no tiene nada de épica. No deber lo que no se puede devolver. No crecer más rápido de lo que se puede atender. Conocer a los clientes por el nombre y saber cuál de ellos está pasando un mal año. Pagar a los proveedores el día que toca, que en una ciudad pequeña eso vale más que cualquier campaña. Cambiar el escaparate sin cambiar quién eres. Dicho así suena a poco, hasta que uno intenta hacerlo cuarenta años seguidos sin saltarse ni uno.
Conviene no idealizar la escena, porque durar también tiene un precio y a veces es alto. Detrás de esa persiana hay sábados que no fueron de nadie, vacaciones que no se cogieron y una jubilación que se aplaza porque no aparece quien continúe. Ahí sí que hay un problema serio en nuestras ciudades medianas, y no se arregla con nostalgia. Muchos negocios que aguantaron cuatro décadas no van a aguantar el relevo.
Lo que quede después de esa resta es tu empresa de verdad, y suele ser bastante más pequeña y más sólida de lo que uno cuenta en las presentaciones. Lo demás es la ola que te trajo hasta aquí, y las olas se van igual que vienen.
Tampoco durar es quedarse quieto. Esa tienda no vende hoy lo que vendía en los ochenta, ni lo vende igual, ni al mismo cliente. Cambió despacio, sin comunicados, cambiando una cosa cada vez y comprobando que funcionaba antes de cambiar la siguiente. He visto desaparecer a bastantes que confundieron permanecer con no moverse, y también a otros que se movieron tanto que a los tres años ya no sabían a qué se dedicaban. Entre esos dos errores hay un camino estrecho, y recorrerlo cuarenta años es lo que de verdad tiene mérito.
Nada de esto va solo del comercio pequeño. Vale igual para una empresa de ciento treinta personas, para una cotizada y para el proyecto que alguien está montando este mes en el salón de su casa. La pregunta que separa a unas de otras no es cuánto van a crecer el año que viene. Es qué queda en pie si el año que viene no crece nada.
Propongo un ejercicio de agosto, que es cuando hay calma para hacerlo. Mira tu negocio y pregúntate qué parte de él sigue funcionando si mañana se para el crecimiento: qué clientes se quedan, qué gente se queda, qué gastos podrías sostener sin pedir nada a nadie. Lo que quede después de esa resta es tu empresa de verdad, y suele ser bastante más pequeña y más sólida de lo que uno cuenta en las presentaciones. Lo demás es la ola que te trajo hasta aquí, y las olas se van igual que vienen.
Luego, si te apetece, entra en alguno de esos sitios de tu calle que llevan décadas abiertos y pregúntale al de detrás del mostrador cómo lo ha hecho. Te va a decir que no tiene mucho misterio y te va a contar, sin darse cuenta, la mejor clase de gestión que vas a escuchar este año.
Porque el mérito no está en abrir. Abrir lo hace cualquiera con dinero y con ganas. El mérito está en seguir abierto cuando ya no hay ninguna de las dos cosas y aun así mañana vuelves a subir la persiana.
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