Sobre tumbarse en la hamaca

LOS ASUNTOS IMPORTANTES

Publicado: 09 ago 2026 - 04:20
Sobre tumbarse en la hamaca
Sobre tumbarse en la hamaca | @txarka.ilustracion

En pocas ocasiones puede sentir uno tamaña sensación de plenitud. Esa cosa de ser uno con el mundo. De comprender que la vida merece la pena, de que es buena e inocente. Todo eso sucede en la hamaca. Y sucede como si fuera la primera vez, que es en realidad como sucede siempre la vida. Apenas necesitamos un lienzo de tela y dos trozos de cuerda para tener una hamaca que habremos fijado a dos árboles compañeros. Qué gran fortuna. Debemos montarla en primavera y dejarla en su sitio hasta bien entrado el otoño. Saberla disponible es la posibilidad de un refugio, porque a la hamaca uno no va solo a descansar, también va a curarse de los dolores del mundo.

La hamaca es el mejor mueble suspendido, donde uno se siente el ser más dichoso, en compañía de los árboles-centinela. Es el gran lugar para la despreocupación. En ella podemos aspirar a los grandes pensamientos de la vida y comprender al instante que estar aquí es algo hermoso e irrepetible. Acostados en la hamaca no hace falta ningún esfuerzo, ningún consuelo, ningún cuento chino. Con su dulce balanceo, bajo un techo de hojas respirantes que filtran la luz del sol y nos cubren con una sombra viva, clorofílica, fenomenal, superamos todos los zarpazos humanos. Hay que venir a la hamaca como quien va a un sanatorio. Conviene regular un movimiento leve, procurando que el cuerpo sea un dibujo de línea blanda, haciendo de la espalda un arco sin tensiones.

Si hace falta, bajaremos uno de los pies para acomodarnos a la velocidad del mundo, que es muchísima pero se siente como un arrullo. Sujetos por esa tela, no trabaja ningún rincón de la anatomía y la espalda entera reposa mientras las piernas elevadas permiten que la sangre fluya como una fuente a través de nuestro pequeño contenedor de carne. Así se diluyen las preocupaciones y se permite el olvido de los dolores del cuerpo.

Una vez que conseguimos esa quietud sinfónica, meciéndonos con la brisa, dejamos que toda las fisionomía se pliegue con los árboles que nos aguantan. Colgados de ellos, como nuestros ancestros primitivos, seguimos su vibración y notamos cómo se anclan al suelo a través de su sistema radicular. Porque desde la hamaca podemos sentir la fortaleza flexible de su tronco, el bombeo del agua y su respiración transparente, también su ramificación subterránea, sus pies profundos en lo oscuro. En la hamaca, somos también un poco árbol, un trocito de bosque.

Bajo la copa de los robles jóvenes que soportan esta hamaca consigo escuchar la transpiración del suelo en las horas de la tarde, seco y caliente. También se escucha el gluglú de la oropéndola y el susurro de las benditas torcaces. Tal vez crucen el cielo un rumor de gaviotas o el chillido del águila en alguno de sus planeos de reconocimiento. Cruzan las ramas vecinas colirrojos y arrendajos y, cuando las horas avanzan, encima nuestro, justo encima, el zorzal nos regala su melodía maravillosa y sentimos los llamados del chochín antes de acostarse. Mientras, el cielo se incendia si tiene a bien incendiarse y los gatos, si todo está en el tao, descansan a pocos metros, postrados en postura de esfinge. No hay mejor artefacto para deshilachar las tardes y sentirse el hombre más dichoso del mundo. Basta tener cerca un librito ligero y un vaso de agua fresca. Este artefacto es pura felicidad enrollable. A lo que todos deberíamos aspirar y dejarnos de memeces.

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