Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Los cubiletes del jardín japonés
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Hay sociedades respetables de individuos despreciables. También sociedades despreciables de individuos respetables. En las primeras, están interiorizados los conceptos de conservación del patrimonio, de preservar la memoria, y nadie puede talar un árbol histórico, destruir un jardín, reformar una casa antigua con materiales contemporáneos o, sencillamente, echarla abajo. Eso está muy bien, aunque sus habitantes sean unos imbéciles. En el segundo grupo, gente más o menos simpática destroza lo de todos, tolera y fomenta el ruido y el abuso, permite que la ruina sea catástrofe y va desmontando cada trozo de pasado para que el paisaje de superficie no lo reconozca nadie.
En el cadáver del jardín japonés, que nunca fue jardín y tampoco japonés, sobrevive, junto a ese olivo contento un pequeño cubilete de piedra de Porriño en los que se sentaba antes la chavalería"
La nuestra, la sociedad de Auria, es el segundo modelo. El lugar de gañanes medio-simpáticos-medio-antipáticos que han conseguido acumular algo de capital y desprecian aquel pasado que los ha traído hasta aquí. Para eso se proponen borrarlo todo del mapa. Borrarlo conduciendo un Mercedes. Construyendo un edificio horrible. Destruyendo un barrio. Los de aquí, nuestro paisanaje, talaría todos los árboles para acabar con los incendios y derribaría todas las casas para que nadie supiera nunca dónde se han mezclado sus sangres. Las golosinas de la modernidad han enraizado en su corazón. Por eso prefieren el bloque de hormigón al sillar labrado, la ventana de aluminio a la de castaño que abrían sus abuelos. Quieren el camino asfaltado. La plaza dura y cementada para que los pies caminen secos en invierno (y resecos en verano). Qué le vamos a hacer. Individualmente, casi todo el mundo es bueno y se le encuentra simpatía. Pero cuando emergen como un cuerpo coral son (somos) abominables. Por eso se ríen de nosotros en la Europa rica. Somos los cabecitas negras. Los espíritus pequeños confundidos por baratijas industriales. Los corazones corrompidos de rotondas ridículas, aquaparks, restaurantes-experiencia y chorradas absurdas, desayunos con fresas, tatuajes, pechos depilados. La infección cultural que vivimos no es inocua. Y nos coloniza a través de las pantallas.
Todo esto para fantasear que el robo a nuestra memoria quizá no sea un asunto personal, sino colectivo. Cada edificio derribado, cada acera reformada, cada negocio histórico que cierra sin amparo es parte de nuestro propio ethos como comunidad. Nos importa un pimiento el pasado. Y nos atraen demasiado las luces del futuro (si acaso hay futuro o este se sueña en cartón piedra). Cuando cruzamos la raya encontramos lugares donde el pasado permanece, se sigue usando la misma puerta por generaciones y los caminos históricos se mantienen como se mantienen los jardines. Esto no es sólo más hermoso y más justo. También es más barato.
Por eso, en esta ciudad de aniquilación, donde los más aniquilados son el sentido común y la buena educación, reconforta que sigan quedando humildes cápsulas de memoria resistentes a la piqueta y la retroexcavadora. En el cadáver del jardín japonés, que nunca fue jardín y tampoco japonés, sobrevive, junto a ese olivo contento un pequeño cubilete de piedra de Porriño en los que se sentaba antes la chavalería. No es un objeto especialmente rescatable, pero sí habla de un reaprovechamiento, de una sutil permanencia del espíritu del lugar anterior. El reformador tuvo un pinzamiento de nostalgia y salvó este mueblecito urbano cuando trasladaron las pistas de skate para montar una terraza, que es algo que gusta en todas partes: montar terrazas, tomar cosas, hacer gastación. Entonces, uno se lo encuentra, abandonado y confundido, sin vocación de acoger pandillas y le sabe amable. Cuando arrasan con todo, hasta lo que fue insignificante tiene el poder de evocar con autoridad, porque el alma quiere reconocer los lugares, sentir la permanencia, ser garantía del tiempo. De este tiempo pequeño entre dos inmensidades en donde circula nuestra pequeña vida.
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