Miguel Mosquera Paans
Mi casa
El otro día me di cuenta de que se me había ocurrido el argumento para un cuento o para unas agudas reflexiones por la radio del siempre ingenioso Juan José Millás.
La cosa fue así:
Estaba viendo las noticias cuando me enteré de que las joyas de Zapatero no valían 30.000 euros como nos habían dicho sino hecha la tasación por una reconocida joyería madrileña y el Instituto Nacional Gemológico, 1,3 millones de euros. Dado que cuando se descubrió esa caja fuerte yo escribí un artículo y después otro sobre el tema, el asunto me interesó. Pero mi interés pronto derivó de las joyas en sí a la propia caja fuerte. Y así nació este recuerdo, anécdota o lo que sea, que daría para ese cuento imaginario de Millás.
La caja fuerte de Zapatero me ha devuelto a aquella historia absurda, y ¡sorpresa! he recordado lo que habíamos guardado.
Y aquí va el cuento:
A finales de los ochenta mi ex y yo alquilamos un piso en Madrid en la calle Santa Engracia, en el que viviríamos varios años. Era un piso grande, antiguo, algo destartalado, luminoso, con cinco balcones a la calle. Después de firmar el contrato, la dueña nos condujo al dormitorio principal y nos mostró una caja fuerte empotrada en la pared y oculta detrás de un cuadro de esos que se abren como una puerta con bisagras. Era la típica caja fuerte antigua, de acero, de película, con una rueda numérica y una palanca de apertura.
Nos enseñó cómo funcionaba y nos dio, escrita en un papel, la combinación. Combinación que nosotros podríamos cambiar si quisiéramos. También nos enseñó cómo hacer eso, pidiéndonos que cuando dejáramos el piso (?) restituyéramos a la caja fuerte la combinación original.
Por supuesto mi ex y yo, dos jóvenes que empezábamos allí nuestra vida juntos, no teníamos nada de valor para guardar en una caja fuerte. De hecho no teníamos ni un duro. Así que al principio bromeamos constantemente entre nosotros con la caja fuerte y qué inexistentes objetos podríamos guardar en ella.
Un día por fin se nos ocurrió algo divertido. Guardamos un objeto dentro, cerramos la caja, la tapa-cuadro y nos olvidamos para siempre del asunto. Cuando pasados cuatro años dejamos ese piso ni siquiera recordábamos la existencia de la caja y mucho menos lo que había en su interior.
Más de una década después, un día le pregunté a mi ex si recordaba qué habíamos metido allí. Ella no lo recordaba y yo tampoco. Cualquier tontería, nos dijimos al fin.
La caja fuerte de Zapatero me ha devuelto a aquella historia absurda, y ¡sorpresa! he recordado lo que habíamos guardado. Obviamente una vez que nos fuimos la dueña, que era una mujer encantadora, iría al piso para revisarlo, arreglarlo y volver a ponerlo en alquiler. Entonces intentaría abrir la caja fuerte con su combinación, pues nosotros no le habíamos dejado ninguna nueva. Descubriría que funcionaba y se encontraría dentro ¡el mismo papelito doblado que nos había dado ella cuatro años antes con la combinación anotada a bolígrafo por su propia mano!
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Miguel Mosquera Paans
Mi casa
Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
Molgas no camiño de Colombo
Víctor González
Un cuento de Millás
Lo último