La curiosa falacia del comunismo democrático

Publicado: 03 nov 2026 - 04:50
Opinión en La Región
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Hay una moda política que consiste en presentar el comunismo como si fuera una variante algo exótica de la democracia liberal. Comunistas democráticos, se les llama. Un milagro ideológico: revolución, pero con papeleta; dictadura del proletariado, pero con garantías constitucionales. Como si Marx hubiera añadido: “Y, por supuesto, respeten la separación de poderes”. La historia tiene la desagradable costumbre de estropear los relatos convenientes.

Desde sus orígenes, el comunismo no nació para perfeccionar la democracia liberal, sino para superarla. Marx hablaba de la “dictadura del proletariado” como fase de transición hacia una sociedad sin clases. En esa concepción, la propiedad privada, el pluralismo y las instituciones liberales eran obstáculos de un sistema destinado a desaparecer. Después llegó la práctica.

La Unión Soviética, Europa del Este, la China de Mao, Cuba y otros regímenes ofrecieron modelos particulares de democracia. Había partido único, elecciones sin verdadera alternancia, prensa sometida al poder, oposición perseguida y un Estado que, con admirable modestia, decidió que lo mejor era no tener adversarios.

Naturalmente, siempre puede decirse que aquellos no eran “el verdadero comunismo”. Es una explicación extraordinariamente cómoda. Si un experimento sale mal, no era comunismo; si sale peor, tampoco, y si directamente acaba en dictadura, entonces, por supuesto, la culpa es de quienes lo interpretaron mal. Una ideología que lleva un siglo esperando su versión auténtica se parece a esas promesas de “esta vez sí” que nunca llegan.

Conviene, sin embargo, hacer una distinción. Un comunista puede participar legítimamente en una democracia. Puede presentarse a elecciones, tener diputados, criticar al Gobierno y gobernar. Faltaría más. La democracia liberal tiene esa extraña virtud: permite expresarse incluso a quienes cuestionan sus fundamentos. La cuestión verdaderamente interesante aparece después: ¿aceptará ese comunista las reglas de la democracia cuando las reglas dejen de favorecerle?

Porque votar no es exactamente la esencia de la democracia. También se votaba en regímenes que nadie sensatamente llamaría democráticos. La democracia consiste en algo bastante más incómodo: aceptar el pluralismo, respetar la separación de poderes, reconocer la libertad del adversario y, sobre todo, aceptar que uno puede perder. Ahí está la prueba del algodón.

Es fácil declararse demócrata cuando las urnas te dan la razón. Lo difícil es aceptar que el adversario puede ganar, gobernar y criticarnos durante cuatro años. La democracia liberal parte de una idea sencilla: nadie posee la verdad absoluta ni es propietario del Estado. El Gobierno es provisional; el poder se presta, no se hereda. El comunismo histórico partió de una convicción más ambiciosa: existe una verdad histórica, una clase llamada a protagonizarla y una vanguardia encargada de conducirla. Y cuando alguien cree poseer la verdad definitiva, el adversario corre el riesgo de dejar de ser un adversario para convertirse en un enemigo de la historia.

Por eso la cuestión no es si un comunista puede votar. Naturalmente que puede. La cuestión es si está dispuesto a aceptar la democracia cuando el resultado de la votación no le gusta. Porque utilizar las instituciones democráticas para llegar al poder es una cosa. Defenderlas cuando se tiene el poder es otra muy distinta. Y quizá ahí esté la ironía definitiva: la democracia liberal concede al comunismo una libertad que muchos regímenes comunistas nunca concedieron a sus adversarios. Permite que sus defensores se organicen, escriban, protesten, se presenten a las elecciones y hasta prometan cambiar el sistema que les permite hacerlo.

Una generosidad admirable. Y quizá, una ingenuidad peligrosa. Porque la verdadera prueba de un demócrata no es aceptar que gobiernen los suyos. Es aceptar que puedan gobernar los otros. Lo demás puede ser simplemente democracia… mientras conviene.

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