Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Feijóo, si fuera presidente
TAL DÍA COMO HOY
Fue una de las figuras más influyentes del arte del siglo XX. Pintor, escultor y grabador, su obra transformó la manera de entender el color y la forma, convirtiéndolo en uno de los grandes renovadores del arte moderno.
Matisse no empezó su vida dedicándose al arte.
Estudió Derecho y trabajó en un despacho de abogados, pero una enfermedad lo obligó a guardar reposo durante una larga convalecencia. Fue entonces cuando descubrió la pintura y decidió dedicarle su vida. Más tarde recordaría aquel episodio con humor y gratitud, diciendo que “la enfermedad fue el mejor suceso de mi vida”.
En sus primeros años, Matisse se inspiró en los maestros del Renacimiento y en los impresionistas, especialmente Cézanne, aunque pronto desarrolló un estilo propio.
Su uso audaz del color y su búsqueda de la expresión pura dieron origen al fauvismo, movimiento que lideró junto a André Derain. Los “fauves” —literalmente, “bestias salvajes”— recibieron ese apodo por el escándalo que causó su uso de colores violentos y aparentemente arbitrarios. Sin embargo, Matisse defendía que el color debía ser un medio para expresar sentimientos, no una simple reproducción de la realidad.
A lo largo de su carrera, experimentó con diferentes técnicas: pintura, escultura, dibujo y collage. En sus últimos años, aquejado de problemas de salud que le impedían pintar de pie, desarrolló los célebres “papiers découpés”, recortes de papel de colores que componía desde su cama o su silla de ruedas. Obras como La tristeza del rey o La habitación roja revelan su serenidad y su búsqueda constante de armonía.
Una anécdota revela su espíritu vital: cuando una enfermera le preguntó por qué dibujaba tantos ángeles, él respondió sonriendo: “Porque no puedo verlos, pero sé que están ahí”. Así fue Matisse hasta el final: un artista que, incluso en la fragilidad, siguió pintando la luz invisible del mundo.
Falleció el 3 de noviembre de 1954 en Niza, dejando un legado tan vibrante como sus lienzos.
Una persona que está de más en un lugar una persona.
Esta frase según el diccionario podría asociarse al juego de cartas que consiste en ocultar una de ellas, llamada “mona”, para que al final de la partida quede un jugador con una carta en su mano, que es precisamente la que hace pareja con la que se ha dejado fuera.
En lenguaje coloquial es ser inútil o el impar.
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