Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
Dos mundos
Por fin hemos descubierto este año gracias a los Juegos Olímpicos de Invierno en Italia, lo bonito y emocionante que es el curling, ese extraño e incomprensible deporte del frío norte que nunca entendimos. Más que nada porque no nos sabíamos las reglas.
Años atrás, cuando zapeando por la tele aleatoriamente los españoles nos encontrábamos una retransmisión de curling, cambiábamos de canal de inmediato, otra razón de peso por la que nunca lo entendimos. Es imposible entender algo si no lo conoces.
Pero ¡vaya por dios! He aquí que en estos Juegos por fin las entretenidas retransmisiones televisivas y los comentaristas (con sus más y sus menos como siempre) han conseguido engancharnos a todos. Más que nada porque por primera vez en mucho tiempo, creo yo, fueron interesantes y sobre todo pedagógicas e instructivas: cuanto más sé de los melocotones más me gusta su sabor, decía Bertrand Russell. Recuerdo bien sin embargo cientos de comentarios jocosos míos y de amigos, bromeando sobre aquel extraño juego, ni siquiera lo llamábamos deporte, de gentes septentrionales acosadas por la oscuridad y que añoran el sol. Pero no era así. La frase de Bertrand Russell sobre los melocotones es tan inteligente, aguda y precisa como el lanzamiento de una piedra de curling sobre la pista de hielo. Supongo que el filósofo y matemático británico era también algún tipo de atleta raro.
A finales de los ochenta fui un asiduo visitante del Museo del Prado. Estuve yendo varios días cada semana durante años. Soy socio de la Asociación de Amigos del Prado desde entonces. En concreto soy el socio 548. Dado que dicha asociación tiene hoy más de 50.000 miembros, se pueden hacer ustedes una idea de mi desaforada pasión por ese museo que visité, estudié y disfruté cientos de veces.
La frase de Bertrand Russell sobre los melocotones es tan inteligente, aguda y precisa como el lanzamiento de una piedra de curling sobre la pista de hielo. Supongo que el filósofo y matemático británico era también algún tipo de atleta raro.
Mis habituales visitas al Prado tenían siempre un ritual inicial. Primero iba a ver rápidamente algunas de mis obras favoritas: “Hipómenes y Atalanta” de Guido Reni; el “David” de Caravaggio; la “Rendición de Bahía de Brasil” de Fray Juan Bautista Maíno; el “Descendimiento” de Van der Weyden; “El Jardín de las Delicias” de El Bosco; y, por supuesto, la sala de Velázquez y especialmente “Las Meninas”. He dicho rápidamente, pero en realidad me detenía bastante rato en la contemplación de cada uno de esos cuadros. Una vez hecho eso, dedicaba el resto de la mañana a visitar con calma alguna parte del museo que conocía menos.
Un día, en una de esas visitas, tras meses leyendo y estudiando a Velázquez, asistiendo a conferencias sobre él de John Berger, John Elliot, Jonathan Brown y otros maestros, delante de “Las Meninas” me puse a llorar como un crío. Tuve que largarme corriendo de la sala por la vergüenza que me dio el que alguien pudiera verme: un chico joven, moderno, de traje y corbata, llorando a lágrima viva.
Si no conoces algo a fondo no puedes entenderlo ni emocionarte de verdad con ello. O sea: como el curling.
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