Sergio Otamendi
Nueva purga militar en China
Desde siempre, pero especialmente en los últimos tiempos, que un pequeño periódico local o provincial acuda cada día a la cita con sus lectores es un auténtico y no pequeño milagro. Lo obran los editores -meritorias sagas familiares en muchos casos- junto al personal de redacción, administración, publicidad...y gente como Julio Rodríguez (Quintela de Leirado, 1961). Actualmente los directores de este tipo de diarios no se asemejan en casi nada a los que aparecen en populares series televisivas o en determinadas películas, que tanto han contribuido a mitificar el oficio periodístico. Ahora su función es más pedestre y no por ello menos trascendental. Son a la vez capataces y curritos, patrones y remeros, arquitectos y albañiles, que pasan constantemente de enfundarse el mono de trabajo a vestir el traje de los saraos.
Como muchos de sus colegas en la prensa más modesta, Julio Rodríguez es quien al poco de llegar a la redacción ya tiene en la cabeza una idea clara de lo que ha de ser el periódico del día siguiente. Su tarea no es solo dirigir, organizar, dar instrucciones, orientar el trabajo de los redactores, que para eso también están -cuando los hay- subdirectores o jefes de redacción. Y su cometido va también mucho más allá de decidir los asuntos de portada. A quien ostenta la dirección a este nivel le cabe la responsabilidad de que el producto final vea la luz y concite el interés de los lectores, sin desviarse de la línea editorial y cumpliendo los compromisos que comporta ser el referente del entorno social al que pertenece. Todo eso supone mucho curro. Casi destajo.
En realidad Julio Rodríguez no ha ganado ningún premio. Nunca aspiró a galardones, ni a reconocimientos públicos. Fue la directiva de la APG la que decidió otorgale el Diego Bernal 2026 por su larga trayectoria profesional, en la que ocupó desde muy joven puestos de responsabilidad con solvencia y brillantez, aunque sin deslumbrar, y sin que la mayoría de los que compran o solo leen el periódico, en este caso Atlántico Diario, sepan quién es... ni a qué dedica el tiempo libre. Cuando lo tiene, claro, porque su función se parece mucho al sacerdocio, no ya por lo vocacional, sino porque nunca se puede desconectar del todo. Dirigir un periódico imprime carácter, aunque en el caso de Julio la capacidad de liderar -y el saber mandar- es algo innato. Va en su naturaleza. Como el temperamento y el tesón, sin los que difícilmente habría llegado a donde llegó, para el bien del periodismo.
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