Dejar de querer

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Publicado: 08 nov 2025 - 19:39
Opinión en La Región
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Nunca supo el momento exacto en que lo dejó de querer. Cuando mirarle dejó de tener importancia, supongo, y ya era más importante cualquier otra cosa que sucediese en la habitación. Una mosca. Una estantería acomodándose. La manta del sofá arrugada con forma de cara. O cuando ya no era necesario inventarse todo lo malo de él para tratar de olvidarlo. Inventarse las prisas, los silencios, la inercia. Cree que lo dejó de querer al segundo día, que la barriga no se estremece y las manos ya no se atropellan. El segundo día, que ni siquiera había empezado a quererlo, que ahora estaba ya muy lejos.

Cambiaron de casa varias veces, por si era cosa de los muebles de alquiler, o del agua de los grifos que a menudo salía amarilla. De los tacones de la vecina de arriba a las tantas de la mañana. Cambiaron porque las casas a veces son culpables de alimentar la comodidad de los días repetidos. También cambiaron el sofá por uno más grande, de Ikea. Dos metros de separación circunspecta.

Pero el sofá tampoco tenía la culpa.

Hacía cada día más frío, como el frío del pasillo de los congelados, punzante sin hacer daño, el tipo de frío que molesta sin dejarte aterido. Frío en la cama, frío en el cuarto de estar. Y la calefacción central a todo meter. Inútil y pesada.

De pronto dormía de nuevo en el sofá, con la manta estirada ya sin cara, áspera por no haberla lavado las veces necesarias porque nadie venía ya a casa, ni siquiera él muchas veces. Dormía en el sofá porque la cama era como un ascensor, un espacio compartido donde siempre estás solo. El ascensor de aquella casa, por cierto, llevaba meses sin funcionar.

Nunca supo el momento exacto en que lo dejó de querer. El amor puede resultar como un hongo que ataca la debilidad existencial hasta agotarte por dentro. El amor se aloja en los sitios de tu cuerpo que todavía no llegaste a gobernar. El amor es como un edificio en reconstrucción, a veces se puede apuntalar, como una relación. El amor se le instaló en el ideal vital, en el empeño por ser, y decidió quererle por convicción de doctrina humana. Quiere y serás querido.

La última casa reventó. Se cayeron los cuadros del salón y el óxido se comió la pintura blanca de la puerta del balcón. La televisión estuvo apagada durante varios días y las toallas de la ducha olían a humedad. Humedad, como la que había en la habitación de invitados.

Cuando todo terminó no sintió alivio, no sintió nada, no puede doler algo por lo que pasaste un duelo en vida.

Volvió a verlo hace un mes, cruzando como siempre un semáforo en rojo con su andar cómico, infantil.

No sabe el día exacto en que lo dejó de querer, si lo llegó a querer alguna vez.

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