Dejar ir

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 23 feb 2026 - 07:05
Opinión en La Región
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Acompañar hasta la puerta, abrirla con suavidad, dar un abrazo y dejar ir sin culpa a quien quiere marcharse es el mayor acto de amor que se puede ofrecer. Aún sabiendo quien se queda atrás que eso sembrará un dolor que no desaparecerá. Aún sintiendo que los reencuentros estarán marcados por la tristeza de otra despedida, en el mismo instante del beso de bienvenida. Conceder a otro la libertad plena de elegir su camino, sin que se sienta obligado a mirar hacia atrás con remordimiento, es lo que marca la diferencia entre el amor grande y todos los demás.

No solo hay que querer mucho, hay que querer bien, aunque nos cueste.

Como los padres que animan, apoyan y acompañan a cumplir sueños a pesar de desear que los suyos estuviesen siempre cerca, al otro lado de la calle, para poder verlos cada tarde al volver a sus casas. Como las parejas que saben que la infelicidad se ha instalado en el otro y que ya solo es posible el adiós y lo hacen sin reproches ni amenazas. Querer nunca es violencia, ni chantaje emocional, ni egoísmo, ni sembrar en el otro el sentido del deber para que se quede en contra de su voluntad.

"Conceder a otro la libertad plena de elegir su camino, sin que se sienta obligado a mirar hacia atrás con remordimiento, es lo que marca la diferencia entre el amor grande y todos los demás."

Cuando la despedida anhelada es la que no tiene retorno, aceptarla es desolador. Nos sumerge en una tormenta llena de contradicciones, en un caos emocional donde perdemos la cordura. Cuando la persona que tanto queremos suplica que ya no puede más, nos arroja a un abismo oscuro donde la razón no tiene espacio y queremos no escuchar.

Comprendo a los padres de la joven que solicitó la eutanasia hace dos años al no soportar la no vida que se ve obligada a sobrellevar. Entiendo que se aferren a cualquier ley o hilo que sostenga a su hija, mientras respire, en la cama de la que no puede moverse soportando un deterioro que no tiene futuro. Pero es necesario ir más allá de los propios deseos y de las propias necesidades. Preguntarse para qué prolongar ese sufrimiento inhumano que ya no tiene ninguna posibilidad de desaparecer. Preguntarse si en realidad lo que se busca es evitar el propio padecimiento de vivir con la ausencia. Los padres de la joven deberían preguntarse también, sobre todo, lo que esta guerra judicial arrasa, incluido el derecho a una muerte digna elegida por su hija. Y aceptar las respuestas con honestidad. Cuesta aceptar que la muerte de un ser querido no siempre sea la peor de las posibilidades. Pero cuando vivir es un calvario lleno exclusivamente de sedantes y las palabras ya solo son gritos de dolor, dejar ir en paz con el calor del acompañamiento, es el único acto de amor posible. Será el consuelo para el futuro. Lo contrario producirá aún más desgarro.

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