Rafael Dávila Álvarez
Sobre joyas y joyos
Toda época de incertidumbre produce fantasías políticas. Una de las actuales es el resurgimiento del llamado hispanismo como proyecto político. Lo que durante décadas fue una corriente cultural relativamente minoritaria se ha transformado en algunos sectores de España y América Latina en una especie de nacionalismo supranacional que sueña con reconstruir una comunidad política, económica e incluso estratégica basada en una visión idealizada del pasado imperial.
La idea no es nueva. Tiene profundas raíces en la tradición conservadora española y recuerda inevitablemente al viejo Día de la Raza, promovido durante el franquismo. Aquella celebración, que incluso contó con bandera propia y una fuerte carga etnocultural, pretendía presentar la herencia imperial española como fundamento de una comunidad histórica superior. Este neohispanismo de ahora intenta modernizar aquel relato, pero conserva muchos de sus elementos esenciales: nostalgia imperial, exaltación identitaria y una cierta incomodidad frente a los valores cosmopolitas y pluralistas del liberalismo contemporáneo. La raíz histórica es una visión del imperio español tamizada por la impresentable leyenda rosa: no hubo colonia sino provincias, los derechos de los nativos fueron respetados y había igualdad ante la ley, no hubo evangelización coercitiva ni imposición del español… todo fue impecable.
El Occidente liberal-ilustrado, con su multiplicidad de lenguas y culturas, es un bloque sólido e ilusionante
En España, esta corriente ha encontrado altavoces especialmente activos en torno a Vox. En América Latina, recibe apoyo de diversos centros de pensamiento ultraconservadores, grupos religiosos y comunicadores afines a la nueva derecha iliberal radicalizada. No se puede ignorar que este neohispanismo es mejor recibido entre los sectores menos mestizos de la población latinoamericana, reproduciendo en ocasiones una visión jerárquica de la identidad que conecta con el viejo fenómeno de la “pigmentocracia”, esa forma sutil de racismo social, todavía presente en buena parte del continente. Los neohispanistas imaginan una especie de bloque internacional basado en la lengua común, con alianzas privilegiadas, integración económica preferente e incluso fórmulas de cooperación estratégica inspiradas en una supuesta comunidad de destino. Es un delirio romántico insostenible: España comparte hoy mucho más con Francia, Suecia, Polonia o los Países Bajos que con la mayor parte de América Latina. La pertenencia a la Unión Europea ha generado convergencias institucionales, económicas, jurídicas y culturales profundas. Del mismo modo, México, Centroamérica y buena parte del Caribe mantienen una relación emocional y de intereses mucho más intensa con los Estados Unidos que con España. La geografía, la economía y las dinámicas sociales pesan mucho más que la lengua. A veces, el idioma engaña.
Una de las banderas recurrentes del neohispanismo es la reincorporación de Puerto Rico a España como comunidad autónoma. Más allá de la imposibilidad jurídica, política y económica de semejante delirio, la idea ignora que una mayoría de los participantes en el referéndum de 2024 volvió a respaldar la opción de convertirse en estado de los Estados Unidos. No existe ninguna corriente significativa que aspire al ingreso en España. También han aparecido propuestas marginales relacionadas con Guinea Ecuatorial. En el fondo, el neohispanismo comparte rasgos con otros nacionalismos civilizacionales que han proliferado en los últimos años. El panrusismo promovido por el Kremlin, el sueño de una gran comunidad ortodoxa eslava o ciertas versiones del nacionalismo turco parten de una premisa similar: una identidad cultural compartida justificaría algún tipo de alineamiento político privilegiado. En todos los casos aparece el mismo error: la cultura se transforma en programa político y la historia se convierte en herramienta de movilización identitaria. Nada de esto parece peligroso hoy porque, en cualquier caso, el neohispanismo carece de fuerza suficiente para alterar la realidad geopolítica. Pero su auge sí revela una enfermedad más profunda: la creciente fascinación de nuestras sociedades por las identidades colectivas idealizadas, en una suerte de peligroso retorno a lo “völkisch” de cada comunidad cultural. Necesitamos ciudadanos libres que cooperen voluntariamente, pero los nuevos movimientos identitarios anhelan bloques culturales enfrentados, muy en línea con la idea de las “áreas de influencia” de personajes tan siniestros como Dugin o Mearsheimer. Y ésa es precisamente la gran diferencia. El liberalismo occidental nunca ha negado el valor de las lenguas, las tradiciones o las herencias históricas. Lo que rechaza es convertirlas en proyectos políticos obligatorios. El problema del nacionalismo nunca ha sido el tamaño de la nación imaginada. El problema es su intolerable pretensión de subordinar al individuo a una identidad colectiva. El neohispanismo simplemente amplía el mapa soñado. No nos hace falta. El Occidente liberal-ilustrado, con su multiplicidad de lenguas y culturas, es un bloque sólido e ilusionante. Revivir los Tercios de Flandes… que lo hagan en Bambú cada 12 de octubre.
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