Benito Iglesias
La política de vivienda en España debe de ser la de Galicia
MI PLAN PERFECTO
El verano, los veranos de mi vida, son recuerdos de infancia y juventud; recuerdos de agua, salitre y sal, de interminables viajes en familia, de risas y momentos, de largos días de verano en la costera Zumaia gipuzkoarra en las que el plan perfecto nos llevaba a la playa de Santiago tras cruzar la ría y las dunas; tardes de escaparse a la de Itzurun, de bici con los primos y galletas en la terraza; de excursiones descubriendo el Urola y de sardinas en Bedúa, de imaginarnos patroneando el Yoya y el Juan Pedro, y de verlos botar al agua desde el garaje de “El gato con botas” dibujado en paredes blancas. Eran tardes de remojones, de entre sueños sentirse tripulantes en barcos de los del viejo puerto para la costera del bonito, capitanes al timón “embarcados” en la larguísima habitación de las literas donde esconderse atrincherados al descuido de los rosarios de la yoya Mercedes. Recuerdos del verano entre las brumas del Cantábrico, del Flysch entre arenales y aguas bravas, de excursiones a San Telmo, del viejo kiosco y el palco de la música; de San Juan y su fuente, de la barca de Jacob y Miguel recogiéndonos en la barandilla de casa para cruzarnos de orilla, y del regreso nadando con los mayores desde donde mar y ría aún se confunden; de los caramelos de la tía Pilar, las comidas de
hacerse mayor en la mesa grande, los cuidados de María Jesús y los consejos de Arritxu. Son recuerdos del espigón y las arremetidas de las aguas en días de oleaje, de fiesta grande al llegar las traineras y de bogar al tiempo de los de Guetaria, Orio y Aita Mari; de las furtivas visitas a la casa de Zuloaga, las leyendas de su obra y las del Cristo inacabado de Beobide en Kresala; tardes de txistus en el día de san Ignacio, de escapadas a Artadi, Oikia o Narrondo, y de aquellas poco aprovechadas clases de euskal dantza y complicadísimo euskera, lecciones de cultura zumaiarra entre esencia e indentidad galaicovasconavarra.
Los de la añorada Zumaia eran veranos que marcaban niñez, infancia y púber adolescencia, días en los que -siempre en verano- el tiempo reducía el ritmo, los días eran largos, llenos, abundantes y espaciosos, luminosos aun cuando llegaran vestidos de chubasquero, capucha y chirucas, numerosos y felices; ni sé ya cuántos primos nos reuníamos en los viajes para los que restábamos días al calendario desde que entraba junio. Eran días de juego, respeto, tradición y familia, una enorme familia alrededor de la yoya, la abuela Mercedes que unía todos los años a hijos y nietos en casa Abascal, la casa grande, cuna y refugio, y que gestionaba con mano firme y rectitud vasconavarra el numeroso legado de la familia que desde Tudela marchó a innumerables destinos en tres continentes.
El verano de mi vida, aquel lleno de planes perfectos, llegaba siempre envuelto en distancia, mucha, más de 1.300 de triángulo kilométrico entre Ourense, el alargado viaje a Zumaia con Pemán al volante y su obligada parada en el Martín de Benavente y sus “milanesas”, cambiando de aires al regresar en la amurallada Baiona. Entraba al Atlántico renovando el clima en jornadas de mar y arena hasta el atardecer, de grupos de amigos hasta cerrar los arenales, excursiones a la Virgen de la Roca, los lunes de feria en Sabarís, Panjón, Playa América y Monte Ferro, tiempos de anochecida y apurada, de primeros intensos amores, de tierra, playa, sol y montaña; tiempos que embeber hasta bien entrado a tardear septiembre y con la fecha de vuelta al calor entre olores a incendio, ceniza y mes quebrado. Y entonces, y después y aún ahora, la sensación y el deseo de que el verano, ese anhelado mejor de los veranos, está aún y sin embargo siempre por llegar.
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