Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
CLAVE GALICIA
El ojo se clavó en los 8.000 euros que pedían por el departamento 2, piso 3 en el escaparate de una inmobiliaria de A Coruña. A 2.100 lereles que baila el metro cuadrado de media, el chollo, incluso como plaza de garaje en una ubicación decente, hizo detener el paso. El parasol dejaba fuera de visión el inicio del enunciado. “Vende. Cementerio San Amaro. Nicho. Departamento 2, piso 3. P.V.P: 8.000 euros”.
Las señas del inmueble se reflejaban en la cortina de plástico con tipografía de retranca. San Amaro es Bien de Interés Cultural (BIC), ofrece vistas al mar, vecinos ilustres a los que florean en las visitas guiadas y resulta muy entretenido. Ideal de la muerte por 8.000 euros y unos 50 euros al año de mantenimiento.
Habrá peña dispuesta a pagar el alquiler, pero la tensión en el mercado de los cementerios no va más allá del reposo a capricho, mientras dure la concesión. Desde que la Iglesia aceptó que la reencarnación también funciona con cenizas los creyentes pudieron comprobar que el almacenamiento resulta más sencillo y económico. Sólo hay que hacer sitio para una urna en caso de inesperada necesidad y añadir el nombre a la lápida para asimilar la pérdida. El ciudadano romano más humilde también se ocupaba de dejar pagado el grabado de su nombre y el oficio para que quedase constancia de su paso por un mundo que no se detiene. La tumba del rey Ricardo III, al que escribió Shakespeare, acabó siendo un aparcamiento.
Época curiosa la que viene, las cenizas del difunto se guardan en casa una o dos generaciones, mientras lo recuerden, y las imágenes de recuerdo vagan por el espacio virtual. El escaparate reflejó a un sujeto en edad de madurar esas decisiones que se suelen aplazar para que el trago lo acaben pasando otros. Años llevó decidirse por un epitafio que estuviese a la altura de alguno de los que recogió Luis Carandell en “Tus amigos no te olvidan”, con indagaciones sobre el tema y visita a la tumba de Miguel de Unamuno para dejar la inspiración sin dudas. “Que conste que me quise quedar”, leerían en la lápida los que se acercasen a un nicho orientado al oeste para ver la puesta de sol desmayándose por el valle de Soneira. Delante del anuncio las ganas de nicho se hicieron polvo como un epitafio flojo.
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