Miguel Abad Vila
TRIBUNA
Una sanidad McDonalizada
SUEÑOS DE OLIMPIA
La ‘Revolución Islámica’ de Irán convirtió, en 1979, al país musulmán más occidentalizado en una dictadura teocrática.
El deporte lo sufrió notablemente. El Ministerio de Deportes y Juventud impuso dos normas fundamentales. No competir contra Israel, su eterno enemigo, y cumplir un código de vestimenta que, en el caso de la mujer, les obliga a portar velo (el hiyab). Un trapo incompatible con el deporte, impuesto por el Ayatolá Jomeini.
Modalidades femeninas de natación, saltos, boxeo, ciclismo… ¡incluso la equitación! fueron prohibidas, por considerar partes del cuerpo desnudas una ofensa a Alá. Se prohibió además la presencia masculina en sus competiciones.
Jomeini, líder supremo, también boicoteó los Juegos Olímpicos de 1980 por la invasión soviética de Afganistán y los de 1984, al disputarse en Estados Unidos, el ‘Gran Satán’.
Pese a esta paranoia y la criba juvenil que supuso la guerra contra Irak, los iranís son excelentes en deportes de combate, halterofilia y fútbol. La lucha es el deporte nacional, proporcionando 55 de sus 88 medallas olímpicas.
El Comité Olímpico tragó con estas imposiciones humillantes y antideportivas, nada extraño. Muchas federaciones internacionales no, expulsando o no admitiendo a unos atletas entre el alfanje y la pared.
La lucha es el deporte nacional, proporcionando 55 de sus 88 medallas olímpicas.
Algunos valientes deportistas se rebelaron y pagaron con su vida. Casos recientes fueron los del futbolista Amir Nasr-Azadani o el luchador Navid Afkari, arrestados en 2020 y ejecutados.
El judoka Saeid Mollaed, la ajedrecista Sara Khadem o la taekwondista Kimia Alizadeh -primera medalla olímpica femenina- viven y entrenan en el exilio. Esperando otra revolución, la de la libertad.
Antes de la República Islámica, Irán fue una monarquía autoritaria, regida por el ‘Sha’ Reza Pahlavi. Las normas sociales eran laxas, pero no las políticas. La policía secreta (Savak) controlaba discrepancias y ejecutaba a los disidentes.
En este contexto brilló una leyenda deportiva. Gholamreza Tajtí, natural del profundo Teherán (1930) había nacido en una familia más que humilde y practicado el tradicional ‘Zurkhaneh’, una fusión de arte marcial, calistenia y filosofía, originada en el antiguo Imperio Persa.
Fuera de tapiz, Tajtí fue recordado por el terrible terremoto de 1962, que causó 12.000 muertos al noroeste del país. Ante la inoperancia y corrupción gubernamental (¿les suena a Valencia?), el luchador salió a la calle para movilizar dinero y recursos para las víctimas . Una labor que le convirtió en héroe nacional y enemigo del poder.
Tajtí profesaba el ‘Pahlavani’, cuyos fundamentos son la nobleza, generosidad y preocupación por los desfavorecidos. Esto se plasmó, durante su carrera en la lucha libre, con actitudes como no atacar una pierna lesionada de un rival, aunque le costase la derrota. O consolar a las familias de los contendientes derrotados. Fue campeón olímpico y doble campeón mundial.
Fuera de tapiz, Tajtí fue recordado por el terrible terremoto de 1962, que causó 12.000 muertos al noroeste del país. Ante la inoperancia y corrupción gubernamental (¿les suena a Valencia?), el luchador salió a la calle para movilizar dinero y recursos para las víctimas . Una labor que le convirtió en héroe nacional y enemigo del poder.
Tajtí ya estaba ‘fichado’ por la Savak. El luchador había apoyado en público al ministro Mohammad Mosaddegh, depuesto en 1953 tras un golpe de estado, organizado por la CIA y el MI6, por nacionalizar la industria del petróleo.
Ya retirado, Tajtí apareció muerto en un hotel de Teherán en 1968. Un supuesto suicidio que nadie creyó. Su multitudinario entierro fue la semilla de la revolución que, 11 años después, depuso al Sha.
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