Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Dos pasadas de Falcon
CAMPO DO DESAFÍO
Mariano Rajoy y su idea de quién puede ser francés es solo el penúltimo capítulo, que no anécdota, de la crecida de la derecha. Es un fenómeno que, con variantes locales, afecta a todo el mundo. Del mundo del que nos llegan noticias, porque sigue habiendo un buen pedazo del que apenas sabemos nada. La censura, que también está de vuelta, campa a sus anchas de uno a otro confín. Rajoy, que gusta de representarse a sí mismo como un meme, cree a pies juntillas que Francia y los franceses son la pequeña y narcisista aldea gala ideada por Uderzo y Goscinny. Yo también creí que el periodismo era correr aventuras como las de Tintín. ¡Cada uno se enreda en la medida de su indolencia! En Rajoy, que fue presidente del Gobierno en dos mandatos, el dislate debe considerarse con la gravedad que requieren los asuntos de política exterior y la piadosa relativización de las oposiciones al Cuerpo de Registradores de la Propiedad.
La nacionalidad por el color de la piel, la religión o los nombres, es solo el penúltimo capítulo de la reconquista. Feijóo lo interpreta a su modo: “Estoy aquí para dejar debates valientes”.
No está solo, Mariano, en la reivindicación de cosas que durante mucho tiempo creímos superadas. Tellado, esa mímesis de Óscar Puente que tiene el PP, exige del Gobierno dedicación a la gestión y el olvido de batallas culturales del progresismo, el wokismo que tanto irrita a los que siempre mandaron. La derecha reclama espacio, hasta ahora ocupado por la izquierda, para colocar su mercancía ideológica. No es casual que en pocas semanas el PP atiborre el escaparate con los derechos de los concebidos no nacidos, el absentismo laboral, los migrantes regularizados, la llamada ley de nietos y el pasar página del procés con el fin de atraerse las simpatías catalanas. La nacionalidad por el color de la piel, la religión o los nombres, es solo el penúltimo capítulo de la reconquista. Feijóo lo interpreta a su modo: “Estoy aquí para dejar debates valientes”.
Hubo un tiempo, allá por los sesenta del pasado siglo, que el mundo dio un vuelco. El Concilio Vaticano II y mayo del 68 tuvieron la culpa. De pronto, millones de jóvenes se hicieron con las calles y las universidades y todo cambió. El feminismo, las relaciones sexuales, el aborto, la socialdemocracia, el consumo y el Estado protector lanzaron un mensaje de libertad y omnipotencia que resultó irresistible para buena parte de la humanidad. Muy pronto Reagan y Thatcher, contando con la inestimable ayuda de Deng Xiao Ping (“Enriquecerse es glorioso”) o el integrismo religioso del ayatolá Jomeini y el renacido nacionalismo ruso, pusieron el cascabel al gato. Convenía hablar del choque de civilizaciones.
La derecha española ha tardado seis décadas en redefinirse sacudiéndose los complejos de su pasado franquista, centralista y catolicón. Los “debates valientes” surfean la ola de la derecha crecida.
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