Jorge Vázquez
SENDA 0011
La disciplina como motor de valor
COSAS QUE CONVIENEN
1-El silencio. Busquemos el silencio original, el sonido del mundo sin la capa de ruido humano. En esa ausencia de contaminación se templan los pensamientos, la neurosis se deshincha y conseguimos ser las simples criaturas que en efecto somos.
2-La oscuridad. El estado natural del planeta, la pureza de la materia al descansar de la luz de vida que es la luz del sol. Con la oscuridad, el ojo se vuelve modesto y conseguimos ver de oído y con el resto del cuerpo. La oscuridad es una invitación a la realidad profanada por esta civilización del miedo.
3-La bondad. El tesoro que experimentamos a veces cuando somos virtuosos, cuando sabemos vivir sin causar daño y estamos predispuestos para la dulzura. Nada nos hace mejores que el regalo, propio o ajeno, de la luz del corazón.
4-La cumbre. Mejor monte anónimo que de linaje, el que quede cerca de casa. Subir a la cumbre próxima para tener distancia con la vida y contemplar con perspectiva la duda al final de uno mismo.
5-La roca sagrada. El lugar incontestable donde el alma se aplaca y el cuerpo obedece. La que rodeamos como hacían los antiguos para volver a ser una unidad completa en esta pantomima fragmentaria.
6-El agua limpia. Que mana cruda de la roca, lluvia filtrada de la panza de la montaña y destilada en la gruta que guarda la ninfa. Acudimos al naciente intocado para encontrar lo intocado en nosotros, bebernos con buena sed y recobrar la pureza que machaca lo cínico en nosotros.
7-El fuego de leña. Reescribe en la estufa las historias propias, el relato y la canción que fue antes del relato. Dejarse ir junto al fuego es encarnar las tribus sucesivas y contemplar la llama que también arde en nuestro pecho cósmico.
8-El canto monocorde. Limpia nuestros adentros como el agua limpia la piel. Voz continua y extática que rebota en las paredes de afuera y afina la sustancia que nos gobierna. Un llamado a la presencia que es siempre mejor si reverbera en la gruta o en las copas de los árboles. Cantemos la vieja canción sin palabras.
9-La casa abierta. Que confía en el extraño como un reflejo divino y lo honra como quien repara una herida antigua que permanece en nosotros y ha de ser curada. Recibir al desconocido se siente como un viejo mandado que trae al espíritu una paz nueva.
10-La palabra justa. De ese momento bueno en que nos gobierna un espíritu prudente, cuando nos es concedido el sosiego de la escucha y nuestra voz repara al otro como otros nos han reparado antes. Es ahora cuando somos un poco dioses.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Jorge Vázquez
SENDA 0011
La disciplina como motor de valor
Antonio Nespereira
PERDÓN POR LA MOLESTIA
El tirano jamás será un filósofo
Xavier Castro
A MESA Y MANTELES
Oseira, el pulpo y el pan
Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Héctor Souto: la pizarra gallega que domina el mundo
Lo último