Juan José Feijóo
MIGRANTES EN CEUTA
¿Y el Rey para cuándo?
Cuando antaño tan diferenciadores los barrios periféricos de esta Auria, y aun los centrales, ogaño todos diluidos por la uniformidad. El barrio de A Ponte, el de O Couto, do Vinteún, Mariñamansa, Rabaza, Carballeira tenían su distintivo diferenciador, incluso con ese prototipo de barrio golfo, que fue el de la calle Libertad, o su contrapuesto, el pijo del Parque donde sobresalía la pandilla de Bedoya, de los Quesada y Cía., que nunca fue una sucursal, a pesar de la vecindad. Estamos en los años 50-60
Uno del que puedo extraer una historia vivida, el de A Carballeira, que de ningún modo podría ser el de hoy. Le antecedían el de Os Corredores, Aragoneses o Riestra, por la fábrica de maderas; todo esto es A Carballeira de hoy, cuando en realidad el barrio en sí lo fue desde el Feijóo, llamado así por las primeras casas en bloque de las que memoria haya en la ciudad, hasta donde el límite con A Valenzá, la que decíamos carretera de Celanova aun cuando bautizada como avenida, que no lo es por estrecha, de Marcelo Macías. Ahí estaba el embrión donde dominaban como cabezas de lista Luisines, Pepines, Mascarones, Orencios, Regos, López, Silva, Iglesias, Pedoruzo, Expósito, Carcacía, Raña, de León... Procedían cual tropel de golfetes de barrio, por llamarles de algún modo, donde el matonismo o no se conocía o estaba penado, y nunca se ejerció entre estos chicos que provenían del oeste, en tiempos en que cada barriada periférica de la ciudad se nutría de sus próximos.
Auria ha pasado de barrios diferenciados con identidad propia a una uniformidad que diluye las antiguas fronteras urbanas
Una barriada, que comenzaba en los lindes das Canicerías (Valenzá) desde donde aparecían, como de la nada surgidos en aquellos 40, unos titiriteros de Centroeuropa de oso encadenado al que hacían bailar grotescamente al son de unos toscos tambores o de un más delicado violín; esos límites, que señalan Barbadás con Ourense donde empezaban los almacenes de sal del José Ramón, con una réplica enfrente de otro del mismo producto, del rubicundo Ramón da Pía, que también tienda de ultramarinos de este linde. Si hubo competencia entre ambos en el oficio, puede ser desmentido por la amistad de Ramón, da Pía, con Modesto, del José Ramón, que sí andaba en esto de los grandes acarreos de la sal en camión que tenía el segundo y del que carecía el primero. También en esta entrada a la urbe desde las tierras de Celanova podrías abastecerte de una panadería de la que alma Pepe, el de Remedios, que luego se instaló en la calle del Villar con el singular sello de la cónyuge. Competía con otra vecina, la panadería de Emilio, que tiraba más a la repartición por la vecindad de Cabeza de Vaca, Parada y Piñor. En bajando a la ciudad y antes de que la carretera bajase, la singular zapatería de Alberto, un muy leído vecino, ameno contador de historias, de una saga con asiento en la ciudad. A medio camino, otra zapatería a la que antecedían y sucedían una pléyade de tiendas de ultramarinos, que muy significativas la del Turzós y el Cubano, venidos de la emigración a América, y no procedente de esa emigración si no la de las limianas llanuras. Otra, como la de María Nieves, inolvidable y desinteresada en poner inyecciones a su cercana comunidad, devenida por traspaso en Hotel Madrugas, pues así la conocíamos los chavales del barrio. por las muchas copas de licor café que al alba servían al peonaje y oficiales de la construcción rumbo a su trabajo.
Dos herreros más abajo: Manolo y Orencio; el primero de más rústico desempeño, por pesado oficio, en eso de aguzar picos, azadas; el segundo, maestro en enrejados; el uno fortachón, ablandaba el candente hierro de la fragua salido a golpe de maza; el otro, de liviano peso, pero de carácter, más en la filigrana se especializaba, tal cual su porte demandar parecía.
Los zapateros, como se nombraron, habíalos no menos de tres, pues tantas eran las suelas que se desgastaban y los cosidos que se deshilachaban, los zapatos de encargo y a medida, y las badanas de balones descosidas, que se precisaba de este número, cuando en fontanería, porque la construcción escasa, solo uno había: “zona al agua”, dicho así por su incansable gritar al enfriar la hojalatería.
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