Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
El eclipse de nuestras vidas
CAMPO DO DESAFÍO
Así de ampulosamente, “El eclipse de nuestras vidas”, lo ha titulado, en portada y a cinco columnas, un diario importante de alcance nacional. Y no es para menos. Entre unos y otros han conseguido elevar la atención del país, del habitual estercolero a un fenómeno astral. Eso que ganamos y, por una vez, sin perjudicados, sin víctimas necesarias y daños colaterales. O eso deseamos. Desde esta perspectiva, uno no puede sino alegrarse por vivir un fenómeno relativamente extraordinario y por dar un empujoncito, otro más, a las cuentas de los hoteles, hostales y campings, junto a los asadores de cordero y cochinillo de la meseta y los churrascos del país. Todo sea por seguir moviendo el turismo. Tú al eclipse, yo facturo.
El concurso astral es de una espectacularidad inocultable y magnífica, un sobresalto que, como decía una señora, hará recogerse a las gallinas y callar a los pájaros. De mi viejo teckel no espero otra cosa que encuentre un motivo sobrevenido y oportuno para prolongar sus siestas de veterano y del resto, qué les voy a decir. Cada cual, como con todo, se organizará a su libre arbitrio y como dios le dé a entender. En mi caso, que ya viví un eclipse, al menos uno, que recuerde, de mediodía en el verano de Playa América, no olvido que la temperatura bajó súbitamente, como del día a la noche, literalmente, y todos dispusimos de sudaderas, toallas y farrapeiras ante aquel Armagedón de la tiniebla y el frío.
Él me mirará con ollar interrogativo y yo pensaré: el eclipse de nuestras vidas.
Los espíritus analíticos afrontamos estas cuestiones refugiándonos con suficiencia en la ciencia y en la sabiduría libresca. En mi caso, sin ir más lejos, tuve la suerte de ser un meticuloso lector de las aventuras de Tintín y gracias a ello y a ellas, estaba a la vuelta de la esquina en cuanto a repentinos eclipses. Hergé lo situaba en los Andes peruanos e incaicos, hacia 1946, cuando sus personajes estaban a punto de abrasarse en la pira que el sol debía ayudar a encender. Cuando he contado esto en alguna red social, no ha faltado quien recordara que ya Mark Twain escribió de un eclipse en las postrimerías del siglo XIX y por abundar en el tema, que no agotarlo, el mismo Eguileta, en este diario, nos ha informado de la existencia de petroglifos boreales que daban cuenta de fenómenos similares en el paleolítico. En definitiva, nada nuevo entre el sol y la tierra.
Este miércoles, cuando el oscurecimiento anticipado y repentino me anuncie que ha llegado el momento que tanta expectación genera, saldré a la solana empujando al viejo teckel para observar sus reacciones. Él me mirará con ollar interrogativo y yo pensaré: el eclipse de nuestras vidas.
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