Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
El niño del gorro azul
En los noventa viviendo en Madrid mi ex y yo hicimos un día lo siguiente.
Nos arreglamos y vestimos de punta en blanco (en realidad eso ya lo hacíamos habitualmente por gusto y por nuestros trabajos de entonces), y fuimos a una de las mejores joyerías de Madrid. Nos hicimos pasar por una pareja que se iba a casar en breve y pedimos que nos enseñaran joyas con diamantes porque supuestamente yo le iba a regalar una a ella para la boda. Pendientes carísimos con buenos diamantes de un buen tamaño, no como esos minúsculos y casi invisibles que se venden en las teletiendas. Nos atendió un hombre joven aunque no tanto como nosotros, y por supuesto lo hizo con toda la amabilidad y dedicación que supone la perspectiva de que puedas venderle a alguien en tu negocio una fortuna en una mañana.
He de decir que no había ninguna mala intención en nuestra farsa. Al contrario. Solo teníamos curiosidad y ganas de saber. Hicimos aquello con toda seriedad porque lo que queríamos era aprender. Queríamos que un experto de verdad nos contara y nos explicara cosas de verdad sobre los diamantes tal como se las cuenta habitualmente un vendedor a un verdadero comprador, por lo que ya desde el principio le aclaramos que no sabíamos prácticamente nada de diamantes. Así que nos dio unas cuantas clases y lecciones básicas durante más de una hora, mientras nos mostraba y nos hacía examinar distintas joyas con diamantes de unos precios que nosotros no podríamos pagar ni con el sueldo de bastantes meses, y tanto mi ex como yo teníamos muy buenos sueldos entonces, aclaro.
Me he acordado de esa tonta anécdota personal mía y de la película, ambas cosas relacionadas con diamantes, porque veo que últimamente lo que mueve la ambición del mundo y de los ricos y poderosos ya no son los diamantes, ni el oro, ni las piedras preciosas.
Pero vale. El caso es que nuestro propósito se cumplió estupendamente: el joven fue muy instructivo y solícito, y nosotros aprendimos sobre diamantes que era lo que queríamos, un montón de cosas que no sabíamos antes.
Muchos años después, en 2006, Edward Zwick dirigió una película fabulosa titulada “Diamantes de sangre”. Protagonizada por unos impresionantes Leonardo DiCaprio, Djimon Hounsou y Jennifer Connelly, y con una fotografía insuperable del portugués Eduardo Serra además de una banda sonora extraordinaria, el film trata sobre el comercio ilegal de diamantes de los años 90 en Sierra Leona, en plena guerra civil. Supongo que muchos la habrán visto, y los que no que lo hagan ya, porque es una de las grandes películas de las últimas décadas. Una imprescindible.
Me he acordado de esa tonta anécdota personal mía y de la película, ambas cosas relacionadas con diamantes, porque veo que últimamente lo que mueve la ambición del mundo y de los ricos y poderosos ya no son los diamantes, ni el oro, ni las piedras preciosas.
Son los “minerales raros” a los que, todo cambia a toda velocidad, muchos pasaron a llamarlos hace tiempo “minerales críticos”, y en los últimos artículos que he leído sobre el tema se llaman ya “minerales de conflicto”.
Creo que estamos a punto de pasar a llamarlos “minerales de sangre”.
Vean la película.
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