Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
El niño del gorro azul
La devastación económica y diplomática tras la II Guerra Mundial experimentó un punto de inflexión en busca de la paz y la concordia entre los gigantes europeos del momento, Francia y Alemania, a través de la Unión Comercial del Acero y el Carbón, germen de la actual Unión Europea, una estrategia comercial que ha ido derivando hacia una Unión Militar Europea, dentro de una dinámica que, tras aquel conflicto bélico, buscaba precisamente enterrar cualquier enfrentamiento.
La línea evolutiva de la UE ha ido cociendo a fuego lento un proyecto expansionista que, mediante una actividad comercial intensiva con naciones aledañas como Marruecos o Turquía, ha ido deslocalizando al sector primario y la industria manufacturera, para centrarse en un crecimiento e intervencionismo militar que busca, a través del neocolonialismo, erigirse en la región que marque la pauta global, recurriendo, paradójicamente, a una fuerza bélica que pretendía exhortar. El conflicto Moscú-Kiev constituye una prueba más de la nueva vocación belicista de la UE, al apoyar a Ucrania, país del antiguo Pacto de Varsovia, como simple prueba de carga de un puente que la conduce por la senda de la hegemonía mundial a través de la fuerza.
Mientras Europa muestra un relato oficial de un progreso ascendente y virtuoso que promete una evolución socioeconómica con la integración de nuevos miembros, ha permitido una accidentada y cuestionable entrada de diferentes socios, con un modelo a distintas velocidades, siempre ilustrados por la confrontación norte-sur, evidenciado con el colapso de la economía griega durante la Gran Recesión de 2008. Un abismo que se extiende por la nominación de responsables políticos como Christophe Hansen, para gestionar la política agraria comunitaria, como representante de un país, Luxemburgo, absolutamente alejado de dicha industria.
El reciente acuerdo europeo con Mercosur, cuya negociación se dilataba a lo largo de los últimos 25 años, urgiendo una inesperada y espontánea firma, obedece de manera obvia al interés de plantear una extensión económica capaz de hacer frente al gigante americano
Simultáneamente, estimula el ingreso de nuevos miembros, supeditados al Banco Central Europeo, con la nada inocente intención de que los nuevos socios, por lo general con una economía menor a la media comunitaria, faciliten al conjunto una mano de obra y materias primas a precios más bajos, mientras limita la producción a los estados consolidados mediante cuotas y sanciones, fomentando desigualdades cada vez más acusadas.
El momento crítico se hizo visible durante la pandemia de covid-19, al poner de manifiesto la dependencia que el Espacio Schengen tiene con relación al suministro de bienes como las mascarillas, por parte de economías como China, que aprovechó para activar un intento fracasado de subyugación política de la Unión a sus intereses geoestratégicos.
El reciente acuerdo europeo con Mercosur, cuya negociación se dilataba a lo largo de los últimos 25 años, urgiendo una inesperada y espontánea firma, obedece de manera obvia al interés de plantear una extensión económica capaz de hacer frente al gigante americano, pero también sustentar un control sobre Iberoamérica, junto con su actual presencia en África y Oriente Medio.
A quien le toca pagar los platos rotos de este desaforado expansionismo es a los propios europeos, que se ven empujados a abandonar su producción agroalimentaria, como se ha podido ver recientemente en las reivindicaciones de agricultores y ganaderos, y en la cuestionable seguridad alimentaria de los productos foráneos, no sujetos a la normativa comunitaria, poniendo en riesgo a los consumidores.
En su andadura, la UE se ha convertido en un maremagno burocrático que, a estas alturas, impone ya el 50% de normas a sus países miembros, cuyos estados y ciudadanos se ven cada día más sujetos a una estructura de poder económico, administrativo, territorial y judicial supranacional, en la que sus integrantes ceden cada vez más derechos, soberanía y competencias. Martin Luther King dejó escrito que el arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia. Viendo lo que sucede, parece que la Unión Europea está paulatinamente más lejos de aquella afirmación.
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