Sonia Torre
MI PLAN PERFECTO
Días en el pantano
MI PLAN PERFECTO
Me despiertan ruidos en la cocina. Aún medio dormida, identifico los pasos de mi madre. La nevera se abre y se cierra. Comienza a batir huevos. Oigo la llave en la puerta y, seguidamente, la voz de mi padre diciendo que acaba de comprar el pan. “Así que hoy, al fin hace sol”, me digo a mí misma. Me levanto de un salto, contenta. Mi hermana pequeña aún duerme. Intento no despertarla. Mejor que siga un rato en la cama y nos deje preparar con calma las cosas. Llego a la cocina. Mientras desayuno, mi padre ha llevado al coche parte de la intendencia necesaria para pasar el día en el pantano. Me gusta ese lugar. Apenas media hora de viaje y el verano ya es diferente. Disfruto de esos días en los que el mal tiempo nos da una tregua para recordarnos que sí, que es verano a pesar de todo. El cambio climático y las temperaturas que queman y ahogan aún no suponen un problema mundial. Aquí, en el norte, todavía suspiramos cada mañana mirando la ventana, no el móvil, para saber si es día de casa o de aire libre.
El pantano es inmenso o eso me parece. Y peligroso o eso dicen. Cuentan que hace pocos años alguien se ahogó en él. Por si acaso, yo apenas me baño. Solo hasta la cintura y hasta eso lo hago con recelo. No vaya a ser. Lo rodea una amplia masa de árboles que regalan sombras para que las horas allí sean relajantes y placenteras. En aquel pantano, tan cerca y tan lejos de casa, nos instalábamos familias enteras, grandes o pequeñas. No había turistas ni chiringuitos, salvo un pequeño quiosco donde hacíamos cola para comprar un helado.
Las vacaciones entonces eran sencillas: no ir a clase, jugar en el barrio, visitas al pueblo (si lo había), días de playa, montaña, piscina o pantano y momentos para el aburrimiento. Hasta que alguien gritaba tu nombre desde la calle y salías de casa, con la merienda en la mano, para inventar aventuras. O, si la adolescencia ya te había alcanzado, contestar al teléfono fijo del pasillo para quedar con tus amigas y soñar con las posibilidades de un amor de verano que, por supuesto, en aquellos días, era más bien el amor para toda la vida.
En aquel pantano, el día pasaba rápido. Los adultos acababan sentados alrededor de las neveras azules donde la bebida se mantenía fresca y todo era ya de todos. Sonaban sus voces inmersas en conversaciones. Y se oían risas. Ver a mis padres felices, sin preocupaciones por unos instantes, era, con el tiempo lo he entendido, parte de mi propia alegría.
Nosotras íbamos y volvíamos. Del agua a la toalla, de la sombra al sol. Porque queríamos estar morenas. Huíamos de la crema protectora, porque era cosa de madres. Teníamos que ser rebeldes. Tampoco esperábamos dos horas para entrar al agua porque se nos podía cortar la digestión y morir. Eso lo dejábamos para los más pequeños que cada diez minutos gritaban si ya era la hora.
Esos días de verano en el pantano sabían a todo lo bueno de una infancia y adolescencia feliz, aunque aún no lo había comprendido y siempre tenía alguna queja para demostrar que ya no era una niña. Qué prisa por crecer. Y ahora qué pena por tanta velocidad.
La vuelta a casa porque empezaba a refrescar suponía la segunda parte de un día especial. Meses antes de que acabara el curso, mis amigas y yo elaborábamos cuidadosamente un calendario con todas las verbenas. Mientras en la cocina se ponían en orden las cosas, yo me preparaba para salir a las fiestas en las que teníamos puestas tantas expectativas. La noche olía a verano, la orquesta tocaba una canción de moda que intercalaba con alguna ranchera o pasodoble que nos sonaba antiguo, pero que también bailábamos. A veces, alguien traía un cigarrillo que había robado de la cajetilla de su padre y nos escondíamos para el placer prohibido. De madrugada, de vuelta a casa, revivíamos cada detalle de la noche y concluíamos que había sido uno de los mejores días de nuestras vidas.
Luego llegaron veranos diferentes, encajados en un mes del calendario laboral. Hubo escapadas para conocer otros lugares y aviones para recorrer playas más lejanas con un buen compañero de viaje.
Pero el tiempo me ha enseñado que los mejores estíos nada tienen que ver con un lugar, sino con las personas que estaban en mi vida. Ahí estaba la felicidad, en la falta de ausencias. Si pudiera elegir volver a un verano sería a cualquiera en el que mi madre preparaba la comida, mi padre compraba el pan, mi amiga me acompañaba en locuras y mi hermana, aún muy pequeña, tenía miedo de la arena.
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