Daniel Montero
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Me muestra el inquietante Aloysius una estampa clásica, la de un médico armado con un estetoscopio e inclinado sobre el pecho de un paciente, pidiéndole que diga 33. Detrás de esta escena se esconde un fenómeno tan fascinante como la dimensión física del lenguaje. ¿Por qué 33 y no otro número?. Sencillo: porque al pronunciarlo se producen unas vibraciones torácicas características. La doble erre genera una intensa oscilación. Las consonantes oclusivas producen pequeños pulsos aéreos y las vocales facilitan que el sonido resuene.
No se trata tanto del significado del número, sino de cómo las vibraciones del sonido se desplazan atravesando el tórax. En un pulmón sano y lleno de aire, el sonido de la voz del paciente se transmite de manera suave y amortiguada. El médico escucha un murmullo vibratorio tenue y homogéneo en ambos lados del pecho. Pero si el aire ha sido reemplazado por otro material más denso, como las secreciones o la inflamación de una neumonía, el pulmón se condensa y el sonido se percibe más claro o más nítido de lo habitual, un fenómeno que los clásicos definieron como broncofonía.
No se trata tanto del significado del número, sino de cómo las vibraciones del sonido se desplazan atravesando el tórax.
Y ocurre lo contrario cuando existe un derrame pleural o un neumotórax, porque el sonido se atenúa o incluso puede llegar a desaparecer. Que el lenguaje sea materia que vibra y a la vez significado conecta con un fenómeno denominado simbolismo sonoro. En otra palabras, determinados sonidos evocan sensaciones similares en culturas diferentes, como en el experimento de “kiki” y “buba”. Si mostramos una figura puntiaguda y otra redondeada a un grupo de personas, la mayoría asignará “kiki” a la primera y “buba” a la segunda. No es casualidad. Simplemente ocurre porque la consonante “k” es explosiva y la vocal “i” es aguda y tensa, y esta sensación acústica afilada asociará inconscientemente este sonido con la imagen angulosa. Algo semejante ocurre con las palabras que designan tamaños: en muchos idiomas, los términos que contienen vocales agudas suelen asociarse con lo pequeño (mini, petit, tiny, piccolo), mientras que lo grande se relaciona con sonidos más graves (gordo, gros, huge, grosso). Parece que nuestro cerebro asocia lo agudo con lo diminuto y lo grave con lo voluminoso, igual que la “b” bilabial y la “u” profunda con una forma redondeada y blanda, “buba”.
Los creadores de ficción hacen caja con la sonoridad simbólica. Por eso marcas como “Kia” o “Pepsi” se vinculan a sensaciones como la energía y la ligereza, y otras como “Volvo” o “Lego” con volúmenes sólidos, estables y robustos. Y aunque estos fenómenos son frecuentes pero no universales, influyen en que un malvado se llame Voldemort y un tierno cervatillo Bambi. Mientras repiten 33 en la consulta de su médico, recuerden que el lenguaje no flota en el aire como una abstracción, sino que nace de la articulación de músculos, cavidades y pulmones.
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