Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
El verano va a calentar los ánimos en la diligencia de Génova,13. El ecuador de la legislatura viene a avivar las tensiones en los partidos con capacidad de gobernar y dar alternancia al poder. Para unos la política es una pasión inútil, para otros una necesidad. No todo lo que está mal tiene por qué haber empezado mal; aunque aquí la historia lleva torcida más de lo que nos gustaría. Las marrullerías politiqueras inaceptables crecen y henos aquí en el momento que incita al pellizco viajero en la sede del PP.
La política española es un escenario vibrante, donde las alianzas y desencuentros crean una narrativa que podría rivalizar con las mejores obras de ficción. Podríamos explorar la relación entre el presidente Pedro Sánchez y José Luis Ábalos desde una perspectiva más literaria, tras los mensajes que conocemos que se intercambiaron. Imaginemos matices de la amistad y la estrategia política, donde los diálogos entre ellos resuenan como frases sacadas de una novela de intrigas. Sánchez, el estratega de mirada calculadora, y Ábalos, el viejo compañero que ve los pasillos del poder como las citas a ciegas. ¿Es una lealtad inquebrantable o un pacto en evolución? Tenemos un café de sombras largas, donde intercambian palabras que, fuera del contexto, podrían sonar a confidencia, pero en política son movimientos calculados.
El tiempo suele curarlo casi todo en la medida que lo deteriora; aunque las cicatrices permanezcan
Hay mala conducta por muchas partes y duele y quebranta la elementalidad del ser humano, hace un tiempo hubiera dicho del hombre, pero hasta el lenguaje está atosigado de pesares políticos.
El tiempo suele curarlo casi todo en la medida que lo deteriora; aunque las cicatrices permanezcan. Sabiendo que la condición de alabar el pasado y desdeñar el presente está en constante y preparada desaparición el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, quiere retar al futuro adelantando su Congreso Nacional al cinco y seis de julio en Madrid. Sueños en verano con calor de futuro. Un gesto que trasciende lo simbólico, reafirma liderazgo y exige reconocimiento tras haber ganado las últimas elecciones generales. Su vuelta de tuerca es ordinaria virtud para progresar y toca la prédica y presta atención al estandarte del viento. Pasadas las francachelas madrileñas y, posiblemente malgastada la salud, el gallego en marcha a La Moncloa ha sobrepasado los endebles pormenores y parece dispuesto a tirar de florete, azuzar a su montura para que trote y mostrar el encanto no extinguido.
La risa a golpes del principal partido de la oposición en España cesara de temer cuando cese de esperar y Feijóo sabe que nada es tan de temer como el propio temor, y que la soledad en política pesa cada día. Se apeó con presteza de Galicia dejándola rodando y ya sabe del movimiento plagado de obstáculos que rebaja la categoría de las comparecencias parlamentarias. Con o sin remilgo se ha agarrado a las hojas del devocionario y avizora las matas, horada los huecos y por cuetos y vericuetos fragua requiebros, aventuras expertas, andares cadenciosos y elásticos para mantener la esbeltez conseguida y mantenida por la voluntad que deja más visible la robustez de su andamiaje.
El fuerte esqueleto de su futuro tomará forma durante la primera semana de Julio en Madrid. Don Alberto ya conoce sus amuletos protectores y activa el combate más de cabeza que de cuerpo para dejar al perdedor Sánchez con cara definitiva de gárgola. Por ganas no parece que vaya a quedar. Sabe que el futuro no se espera, se construye.
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