El directivo que lee menos (y decide mejor)

SENDA 0011

Publicado: 19 abr 2026 - 06:10
Opinión en La Región
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Hace unas semanas le pregunté a un directivo que admiro cuántas newsletters tenía abiertas sin leer en su bandeja de entrada. Se rió con una mezcla de culpa y resignación. Dijo una cifra que prefiero no reproducir para no deprimir al lector, pero estaba muy por encima de las mil. La mayoría, añadió, las había dado de alta él mismo, convencido en su momento de que no podía permitirse perderse esa fuente.

Le pasa a casi todos los que conozco, yo incluido. Y creo que esa conversación, banal en apariencia, resume bastante bien uno de los problemas peor entendidos del management actual. Vivimos en un entorno donde la información es infinita, gratis y adictiva, y donde todavía confundimos estar informados con estar preparados para decidir.

Durante años, el directivo más valioso fue el que más sabía. El que había leído más libros, visto más operaciones, escuchado más conferencias. En un mundo en el que la información era escasa y cara, acumularla era ventaja. La profesión tenía algo de esfuerzo monacal: leer, recortar, archivar, relacionar. El que leía más, ganaba.

Hoy esa ecuación ya no funciona. La información la tiene cualquiera. La tiene gratis, la tiene traducida y la tiene resumida por una inteligencia artificial antes del desayuno. Lo que se ha vuelto escaso, y por eso mismo caro, es otra cosa muy distinta: el tiempo de pensar con profundidad sobre pocas cosas, durante bastante tiempo, hasta que aparece algo nuevo en la cabeza de uno. Y eso no se consigue leyendo más, sino leyendo menos y mejor.

Me cuesta decirlo porque vivo de opinar. Pero creo que buena parte del ruido que consumimos los directivos no nos hace mejores. Nos hace más nerviosos. Nos llena la cabeza de palabras de moda, de miedos ajenos, de marcos conceptuales sin digerir. Nos convence de que hay que actuar ya, de que el competidor ha entendido algo que nosotros no, de que si no hacemos esto que acaba de aparecer en LinkedIn nos quedaremos atrás. Y luego, cuando toca sentarse a decidir sobre la propia empresa, descubrimos que no tenemos una hora tranquila ni una opinión realmente nuestra sobre el problema concreto.

La paradoja es cruel: el directivo moderno está sobreinformado y subdocumentado. Sabe de todo menos de su propia compañía. Lee informes sectoriales, podcasts globales, hilos virales sobre el futuro del trabajo, y desconoce por qué este trimestre ha caído el margen de un cliente que lleva siete años con él.

He intentado corregirme, con desigual éxito. Leo menos fuentes, pero las releo. Escucho menos voces, pero más despacio. He vuelto al cuaderno de papel para tomar notas, porque obliga a decidir qué merece bajar al papel y qué no. Y he reservado una franja semanal, protegida con la misma disciplina con la que se protege una reunión de consejo, para no hacer nada más que pensar sobre un asunto de la empresa. Sin pantalla, sin informe, sin input nuevo. Solo pensar. Las ideas más rentables de los últimos años salieron de ahí.

No estoy proponiendo desconectar ni volver a un supuesto tiempo pausado que nunca existió. Estoy sugiriendo algo más incómodo: elegir. Elegir a qué prestamos atención y a qué no. Aceptar que cada suscripción que aceptamos es una silla ocupada en una mesa que, en nuestra cabeza, es finita. Y que el directivo del próximo ciclo no va a ser el que más sepa, sino el que mejor decida qué va a dejar de saber para poder pensar con claridad.

Digitalizarse, automatizar, adoptar IA… Todo eso seguirá siendo necesario. Pero la ventaja competitiva duradera, en cualquier sector, va a depender cada vez más de algo muy antiguo y muy humano: la capacidad de callar el ruido el tiempo suficiente para escuchar lo que importa. Nuestra propia empresa, nuestra propia gente, nuestro propio criterio.

Esta semana, por si sirve, mi consejo es sencillo y gratis. Dese de baja de tres suscripciones que lleve meses sin abrir. Cierre el móvil una hora. Mire un problema real de su compañía con un café delante y nada más. Lo que aparezca ahí será, casi seguro, más valioso que todo lo que se iba a perder por no leer.

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