Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
La residencia que apaga la tele y lee
Lo había dejado escrito Maquiavelo al señalar que la política no tiene que ver con la moral, pero resulta desolador comprobar qué es lo que está pasando en España sin excesiva sanción social. Pongo por caso el obsceno silencio de la bancada socialista del Congreso cada vez que ocupa su escaño el todavía diputado José Luis Ábalos, en puertas de sentarse en el banquillo ante el Tribunal Supremo.
Alegarán que aún no ha sido solicitado el suplicatorio para iniciar su procesamiento pero es tal el cúmulo de datos acerca de las sórdidas andanzas y presuntos delitos que acorralan al ex ministro de Fomento y hasta su salida del Gobierno mano derecha de Pedro Sánchez que por un elemental principio de higiene democrática deberían haberle invitado a renunciar al acta de diputado.
No lo han hecho quizá porque Ábalos fue compañero de viaje y guardián de los secretos de la larga marcha que llevó a Pedro Sánchez a la secretaria del PSOE. Una de las protegidas del exministro a su paso por una comisión del Senado dijo que Ábalos contaba que Sánchez estaba al tanto de la corrupción. Desde luego si no lo sabía era porque no leía los periódicos. Asistimos a un espectáculo de impostura a gran escala: por una parte el presidente y los ministros se prodigan en proclamas que hablan de regeneración y “tolerancia cero” con la corrupción y por otra miran hacia otro lado cuando se van conociendo los detalles de la sórdida trama corrupta que en plena pandemia hacía negocios con los sobreprecios de las mascarillas.
Trama en la que la investigación de la Guardia Civil también apunta indicios que señalan a quien entonces era presidente de Canarias y ahora es ministro de Política Territorial y Memoria Democrática. Qué sarcasmo si se confirma esa implicación tras haber negado reiteradamente conocer a Víctor de Aldama, el “nexo corruptor” de la trama según era citado en los informes de la UCO. Cuesta entender la sordera que padecen algunos ministros cuando se les pregunta por las andanzas de Ábalos. Por no hablar del penoso argumentario con el que tratan de disimular el escándalo del procesamiento del fiscal general del Estado. Será difícil revertir una forma tan tóxica de entender la política.
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