Echar el cierre

Publicado: 18 ene 2025 - 10:28

Terminar no es nada sencillo. Terminar una canción, un libro. Terminar con alguien, terminar con algo.

Pero los finales son así: llegas a un sitio y al levantar la vista solo queda un cartel de “SE ALQUILA”, las letras naranjas sobre fondo negro, un número de teléfono borroso y cesación.

Las cartas de la luz se acumulan en el hueco de la persiana y las latas vacías hacen piña entre el polvo y el silencio.

Las fracturas ya no se respetan.

Nadie pregunta qué ha sucedido, si existe un factor evitable para los cierres esporádicos. Si pudiste haber ido más. Cambias un asiento por otro, y el periódico seguirá siendo el mismo.

El día que me enteré de que había cerrado uno de mis lugares favoritos no me puse triste, quizás porque, a fin de cuentas, hay que empezar a aceptar que acabar forma parte del principio.

Es lo de siempre, sin Joker no hay Batman, sin Satán no existe Dios.

Si no hay pared, nunca habrá ventana.

Yo solía ir a aquel sitio a ver algunas cosas antiguas.

Dicen que en todas las ciudades hay alguien que, de manera orgánica, o no, se encarga de acumular ciertas cosas que en algunos tramos vitales nadie quiere.

Menos mi madre, que tiene un garaje lleno de cachivaches inservibles por su fe ciega en aquello de “el que guarda siempre tiene”.

Y yo siempre sentí predilección por todo lo que los demás deciden tirar.

Una silla coja. Una vajilla incompleta.

Al principio los precios eran medio normales, o lo normales que pueden ser para algo de la época de antaño, que diría Rachel. Una camisa costaba siete euros, una bata de alivio no llegaba a diez.

Siempre tenían la radio puesta, con alguna emisora de difusión continua con música que alguien bautizó como género de “música figurante”, porque está ahí, sin molestar, al fondo, pero en realidad no le interesa a nadie.

Compraba a menudo, a veces complementos para el Entroido, otras para el uso diario. Nunca olvidaré el cinturón reversible de piel marrón. O aquel folleto amarillo desgastado de ropa interior Ferrys. Imposible olvidar los papeles de libreta donde Doña Carmen hacía las cuentas como el tolindre ese de la tele que suma rapidísimo. La ropa de punto. Los trajecitos diminutos de niño.

La Paquetería Renol echó el cierre.

La Plaza del Hierro se quedó un poco más vacía.

Cuando las cosas antiguas se terminan sucede eso, que la mayor parte de las veces no se pueden reponer. La Paquetería Renol se quedó sin stock. Sin ganas puede que también.

El letrero del número catorce -aunque sobre la puerta siempre hubo un trece- de la calle Santo Domingo sigue allí, como recuerdo, como premonición, o quizás como aviso.

Demasiadas persianas cerradas.

Contenido patrocinado

stats