La Edad de Oro de la filantropía auriense

Publicado: 31 oct 2026 - 03:50
Grupo de alumnos de alumnos y profesores en Ribadavia. Fundación Martínez Vázquez.
Grupo de alumnos de alumnos y profesores en Ribadavia. Fundación Martínez Vázquez. | La Región

Ni mucho menos… No fue Ourense la provincia que menos pruebas recibió de altruismo de sus coterráneos. Todo lo contrario, en el primer tercio del siglo XX, mejoras de reconocida utilidad, particularmente sociales y benéficas, se debieron a la esplendidez de opulentos capitalistas que lejos del terruño habían logrado reunir importantes fortunas.

Es cierto que, en este mismo período, en Francia o en EEUU, ya con frecuencia, los más acaudalados habían procurado, cumpliendo un fin social, unir su nombre a obras científicas o humanitarias. Fue una práctica muy extendida. Y esta ola contagiosa, tuvo sus efectos, de forma especial, también en nuestra provincia. Incluso, no sería aventurado decir que, en las primeras décadas, por el número de donaciones y construcciones para la docencia y el bienestar de la comunidad, se asiste a una Edad de Oro de la filantropía auriense.

Asilo Santo Ángel en 1925, La Región nº4551.
Asilo Santo Ángel en 1925, La Región nº4551. | La Región

Sin tener la pretensión de realizar un inventario de estos “mecenas de la humanidad”, en Ourense, enseguida saltan a la vista, benefactores como el ourensano, natural de Melón, residente en Brasil, que había dejado en las disposiciones testamentarias, en 1907, una cantidad de dinero respetable, para redimir los foros que pagaban sus paisanos y para instalar una Escuela de Artes y Oficios; lo mismo hacía, dos años más tarde, el acaudalado comerciante de O Carballiño José Martínez Vázquez que cedía el edificio, que había comprado, del Marqués de Bahamonde, para establecer, en Ribadavia, una escuela de Primera y Segunda Enseñanza; y otro tanto, dispuso en su testamento Benigno Quiroga, en poco más de una década, en Punxín. En esta ocasión fue la viuda del finado, Leonor Urruticoechea quien cumplió la voluntad de su esposo de construir dos Escuelas, en el lugar llamado Escaliñas, después de hacer fortuna en Chile. Otro indiano, Rogelio García Yáñez, a mediados de los años treinta, le regalaba al ayuntamiento en Freás de Eiras, en el valle de Ramiranes, un espléndido edificio para tres escuelas.

Asilo de O Carballiño visto en 1921 por la parte posterior. El Eco Franciscano nº 668.
Asilo de O Carballiño visto en 1921 por la parte posterior. El Eco Franciscano nº 668. | La Región

Tampoco fue menor la contribución que, mucho antes, había hecho, la Condesa de Bugalllal, viuda del ministro de Gracia y Justicia, Saturnino Álvarez Bugallal a Viana do Bolo -le legaba una escuela de párvulos y una capellanía-, ni la que García Barbón le dejaba a la villa de Verín. Si bien es verdad que Vigo -ciudad en la que al morir llevaba residiendo 22 años- fue la más beneficiada por las donaciones de este filántropo ourensano -construyó un edificio destinado a Escuela municipal de Artes y Oficios, recuperó el Teatro Rosalía de Castro…-, su pueblo natal recibió muestras también de su generoso desprendimiento ya que, entre otras obras sociales, fundó escuelas o financió la reconstrucción de la iglesia parroquial.

Ya no se habla de benefactores al uso tradicional; ahora el trust de la caridad dio paso al filantrocapitalismo.

La labor asistencial realizada en favor de la vecindad, como la del verinense, resultado “de una espiritualización -decía Blanco Amor- y galleguización del dinero”, trascendió no solo por el legado que aquellos benefactores dejaron sino porque la comunidad perpetuó su memoria en el nomenclátor urbano o en obras escultóricas. La Plaza de García Barbón a orillas del Támega, la calle que la Corporación municipal de Maside le concede a Wenceslao González -acaudalado capitalista ingeniero de Minas, por sufragar gran parte de los gastos del nuevo templo en la villa-, o el monumento levantado en el parque de Mesiego de O Carballiño, obra del escultor Larrauri, para honrar a los cuatro Hermanos Prieto -artífices de un asilo y de una escuela-, son, entre otras, un claro ejemplo de ello.

Inauguración en 1924 de las Escuelas en Punxín. Vida Gallega nº 254.
Inauguración en 1924 de las Escuelas en Punxín. Vida Gallega nº 254. | La Región

Y, por supuesto, si el rural se vio favorecido por la mano de afortunados hijos beneméritos, no fue inferior la dadivosidad mostrada por el Comité de la Federación Femenina en la ciudad de las Burgas. Ángela Santamarina de Temes, Marquesa de la Atalaya y Bermeja, además de ser su presidenta, dejaba, personalmente, en la capital un legado imborrable. Heredera de la fortuna de su padre Ramón Santamarina, construye, en la carretera de Ervedelo, la espléndida edificación del Santo Ángel, destinada a niñas desvalidas.

Inauguración de las escuelas en Freás. Foto Villar
Inauguración de las escuelas en Freás. Foto Villar | La Región

Es obvio que la filantropía hacía lo que dejaba de hacer el Estado. Aun así, todavía había quien se empeñaba en convertirla en una parodia de la caridad. Se pensaba que una vivía en los palacios; mientras la otra, afrontaba, diariamente, la cruel realidad desde el altruismo. Hoy, la figura del filántropo, si bien sigue, excepcionalmente, atendiendo a causas sociales concretas -la Fundación Amancio Ortega, mismo, financió, en Galicia, la construcción de asilos modernos (Centros de Atención Integral a las Personas mayores) y escuelas infantiles, además de otras obras de carácter benéfico-, sin embargo, a la vez, reorientan sus donaciones, en gran medida, hacia otros fines. Ya no se habla de benefactores al uso tradicional; ahora el trust de la caridad dio paso al filantrocapitalismo. Las grandes fortunas permiten liberar a las arcas públicas de Estado de importantes inversiones, como antaño, sí; pero, a un tiempo, son ellas los que marcan las agendas de las inversiones. En ocasiones, esto incomoda a los moralistas -muchos se ven obligados a tragarse sus convicciones- o a los políticos -impotentes para hacer frente a problemas sistémicos-, porque ven como estos filantrocapitalistas, con sus fundaciones, incrementan su poder al darle cobertura a sectores estratégicos a los que el Estado no llega.

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