Opinión

¿Dónde estás, Mr Marshall?

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¿Dónde estás, Mr Marshall?

Bajo el inmenso dolor por los miles de fallecidos, la angustia por el riesgo para la salud que afrontan cada día muchos de nuestros seres queridos, aflora cada vez con más fuerza en la mente de los españoles la preocupación por una crisis todavía de alcance desconocido que no ha hecho más que empezar. 

Todo escenario inédito está plagado de trampas, de incertidumbres y de peligros difíciles de prever. Cierto. De ahí, la generosidad de los españoles con sus políticos, de su disposición a asumir errores en la gestión, cambios de criterio, disputas partidistas fuera de toda lógica y tiempo ante un enemigo que amenaza a la humanidad. De ahí que los ciudadanos, en general, hayan optado por quedarse con los aciertos y hayan cargado la situación de emergencia sobre sus espaldas, hayan asumido todos los mandatos del Gobierno y todas las tardes, a las ocho, espoleen la esperanza desde sus ventanas.

Al Gobierno, al central y a los autonómicos, se les acumulan las urgencias, concentrados en la prioritaria misión de salvar vidas. Incontestable y cierto. Es más, lo más aconsejable llegados a este punto parece no relajarse y mantener la guardia para que los avances logrados no tengan marcha atrás y nos blinden contra futuros rebrotes. Para ello es esencial desplegar ese dispositivo logístico que nos permite dibujar un mapa ajustado del coronavirus en España, con test masivos que no llegan y, ¿por qué nadie lo ha planteado hasta ahora?, con una potente herramienta demoscópica que ya posee el Estado como es el CIS. ¿O acaso sólo sirve para emitir estudios políticos a medida?

Tan cierto que conviene no bajar la guardia sanitaria como que en apenas dos semanas, casi un millón de personas han caído en las listas del paro, que otras tres millones están inmersas en expedientes de regulación de empleo se supone que temporales, y 360.000 autónomos se han dado se baja en su actividad laboral.

A todas estas personas y a sus respectivas empresas, en disciplinada hibernación, se les acumulan los gastos sobre la mesa; las facturas, salvo raras excepciones, siguen llegando a los bancos; las deudas crecen y los ingresos caen en muchos casos a cero. La vida de miles de empresas ha entrado en la UCI, pende de un hilo, y con ella la recuperación de millones de empleos. El desastre, si no se habilitan ayudas inmediatas, contantes y sonantes, es seguro. 

El pico de esta debacle económica está muy lejos, tanto que nadie alcanza a estimar su magnitud. Y mientras tanto, resulta desolador ver cómo la Europa que los españoles han defendido a ciegas, incrédulos e indignados con movimientos como el Brexit, muestra su lado más insolidario, incapaz de ofrecer soluciones de consenso para combatir la crisis sanitaria y de pactar un gran plan de rescate para la economía de la Unión, que auxilie más a quien más lo necesite. En lugar de esto, algunos líderes han optado por la política del sálvese quién pueda y dinamitado la esencia de la alianza  que ha construido la Europa supuestamente solidaria de la que nos vanagloriamos. Dicho esto, conviene subrayar que les asiste la razón a quienes quieren poner condiciones a este auxilio comunitario. En una familia que vive de bienes comunes, el reparto ha de ser solidario (no se entiende una familia de otra manera),  pero su respuesta ha de ser responsable y el comportamiento de cada miembro ha de ser más solidario y exigente cuanto más sea la solidaridad que recibe. El compromiso entre países ha de funcionar como un mensaje de ida y vuelta, no una carta blanca para vivir sin responder por lo recibido de ella.

Todo el mundo mira hoy hacia la Unión Europea, en busca de una respuesta, solidaria pero con las exigencias necesarias para que no caiga en un saco sin fondo o en manos de gobiernos dispuestos a malversarla al antojo de sus dispares ideologías.  Las decisiones que adopte en los próximos días y semanas serán determinantes para el futuro de Europa y, desde luego, de su futuro como Unión.

No hay ni rastro de la versión del nuevo Plan Marshall al que apeló el presidente Sánchez cuando anunció que volcaría todos los esfuerzos necesarios para rescatar del abismo a las empresas y a los trabajadores que, con su esfuerzo, han frenado la expansión de la pandemia. Cierto que esta epidemia sorprende a un país todavía anémico por la crisis del 2008. Tan cierto como que si no se generan de forma inmediata fórmulas que faciliten liquidez en los sectores productivos, el crack será irreversible.

El futuro y la calidad de vida de varias generaciones están seriamente amenazadas si no se ponen soluciones económicas a tiempo. Y esas soluciones pasan por una inversión sin precedentes en el tejido productivo. A día de hoy seguimos esperando como esperaban en Villar del Río a Mr. Marshall, mientras los consejos de ministros se postergan y eternizan, enredados en disputas ideológicas, alejados del pragmatismo y la rapidez de reflejos que requiere este estado de alarma. Y después de ello, hemos de oír todos los días comparecencias de ministros en las que nos trasladan más incertidumbre sobre sus planes de acción, recetas aisladas de dudosa efectividad, perlas como las del ministro de Fomento diciendo que no es buen momento para rebajar impuestos.  Las soluciones con cuentagotas no salvarán a nadie de morir deshidratado y qué mejor momento que este para meditar no ya sobre  rebajas impositivas sino sobre desgravaciones y exenciones fiscales allí donde se necesiten. ¿Sería ilógico plantear que se exima del impuesto de sucesiones a quienes haya perdido a sus familiares por esta pandemia?  ¿O la supresión de las retenciones a los trabajadores de todas aquellas actividades consideradas esenciales? Qué mejor momento para orientar todos los recursos imaginativos y económicos a nuestro alcance para salvarnos de una catástrofe económica inminente. Para ello, es imprescindible que el Gobierno, con poderes excepcionales, cuente con todos los partidos nacidos de las urnas con una excepcional generosidad, y que todos los partidos se comprometan como si fuesen parte de ese Gobierno. Lo contrario de lo que ayer pudimos contemplar en el Congreso. 

La salud es lo primero. Incontestable. Tanto como que las empresas y las familias necesitan dinero contante y sonante en sus cuentas corrientes. Superada la pandemia sanitaria, sólo eso librará a este país de una epidemia económica que nos condenará a la pobreza.